La Fosa del Cariño

La Fosa del Cariño

viernes, 27 de mayo de 2011

La dulce voz de Alexa.

Yo estaba perdido. Mi propio barrio se me quedaba grande y yo no dejaba de dar vueltas.
Jamás pensé en ella, ni ella en mi. Nadie pensaba en mi.
Corría por la calle riojana de mi barrio. Llegaba tarde. Portaba un interesante libro y mi querido Abono, el cual estaba desgastado por el sudor de mis manos el cual, posteriormente, se me caería quedando en el olvido.
Era un día cualquiera, como ayer o como hoy. Nada del otro mundo.
Las nubes escupían sus sentimientos. El impacto era tan fuerte que, por cada uno de ellos, pensaba que me atravesaban hasta llegar a mis órganos. Me daban igual yo los expulsaba por el recto.

Alexa era. Alexa era. Alexa no era nadie para mi, ni yo para ella. Se limitaba a ser la única dama que con su simple "Hola" hacía temblar la tierra de emoción.
Escupía dulzura con su mirada. Sabía moverse y hacer que cualquier persona. Hombre o mujer. No pudiese evitar quedarse con su imagen a cámara lenta. Notar como sus labios eran capaces de expresarte el saludo que te alegraría la mañana, mientras esbozaba una breve sonrisa.
Se reía de mi. Y de todos nosotros. Yo lo sabía, pero era mucho más educada y elegante que la sucia de Ariadna. Esa arpía se reía en tu cara, sabiendo que su presencia a cualquier humano le pondría en un compromiso. Que la jodan.


Alexa era un espejismo. La ciencia lo demostraba. Bueno, la ciencia no demostraba una mierda. Yo demostraba que era un espejismo.
La buscabas con locura, aunque sea para pedirle que no se riese de mi. Pero era imposible. Ella era capáz de surgir entre la nada y desaparecer al instante. Era una bruja. Una bruja dulce y bella. Desistí.


Al mes siguiente volvió a aparecer, portaba un gracioso globo con un corazón. Quise evitarla. No la quería ver ni en pintura. Aún así, fue inevitable. Me miró a los ojos. Yo no dije nada, ni la miré si quiera. Pero ahí estaba, entre el ruido de la urbe y la contaminación múltiple de Madrid, esa voz que resaltaba entre las demás. Esa voz que era la dulcura personificada. Esa voz...

-Hola-dijo.
-Hola-respondí.


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martes, 17 de mayo de 2011

Nosotros/as y mis problemas.

                  No era muy tarde. Estaba en mi casa revisando resultados de liga para calcular el resultado final. Si, me aburría.
No tenía ningún plan, recuerdo la mosca que rondaba por mi habitación. Era negra y muy peluda y hacía un constante ruido molesto para cualquiera que estuviese presente. Me estaba poniendo nervioso. Bajé a la calle y me fui al centro.

Nunca me gustó mucho el centro, quizás es porque no lo frecuentaba. Daba igual, me compré una cerveza y emprendí mi marcha. Estaba rodeado de gente. Tanto mujeres como hombres.

Todos mantenían su rumbo. Todos y todas sabían todo. Yo no sabía nada, o eso reflejaba mi cara. Sinceramente, me daba igual. Ahora estaba más preocupado en donde poder comprar otra cerveza y en mi escozor mortal que sentía en mi culo.

Llegué a pensar que sangraba. Que no podría volver a casa. Que ni con la tercera ducha del día se me calmaría. Todo venía del fin de semana pasado, bendito alcohol.
La gente continuaba su rumbo, entre estrés y miedo. Todos tenemos miedo, pero ellos y ellas aún más.
Mi único miedo en aquel entonces, era que volviesen a rozarse mis nalgas al caminar. Me estaba muriendo. Y dado que no había ni más cerveza y que no podría aguantar mucho más ahí. Decidí volver.
El viaje en metro se hacía eterno. Estaba lleno, olía a sudor con desodorante y aún más sudor. Como si había vómito, yo solo quería volver y ducharme.
La gente me miraba extraño. Veían mi sufrimiento en mi cara pero, como es obvio, no eran conocedores de mi situación.

Vi una anciana que entraba en el vagón, quise disimular.

-Perdone, ¿Quiere sentarse?- dije
-Pues la verdad es que si- respondió.

Cuando ya me disponía a buscar un minucioso hueco entre la multitud oí un leve gracias entre la muchedumbre, quizás ni fuese para mi.
Por lo menos había conseguido desviar la atención de mi cara de dolor.



Por fin llegué a casa. No tenía ganas de estar en ella, pero si de ducharme y cambiarme. Meditándolo bien, quizás hubiese ido a por otra cerveza pero, sinceramente, no tenía ni un centavo.

La cena se hizo pesada y larga, por lo menos tenía cena. Llegué a mi cuarto y me acosté.


Que ganas de tomar una cerveza.


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domingo, 15 de mayo de 2011

Penny, Penny, Penny,...

Penny se encontraba ahí sentada. Pensando. Haciendo de cualquier historia un mundo.
Yo estaba bebiendo enfrente suya pensando en lo que ella meditaba. Le gustaba reírse, lo sabía. Pero eso no significaba nada. Si yo no quería, ella vendría intentando que alguien, cualquiera, le hiciera sonreír y soltar una carcajada.
Era bonita. Lo es. Y lo será.
Yo no iba borracho, llegué a casa. Pronto. Y con más mono de cerveza. No había nada que celebrar, solo sabía que "el carma" me debía dos.


Mis padres estaban durmiendo. Los dos. Solos. En su habitación, cosa extraña. Eso era un favor muy grande.


Yo pensaba en Penny. En lo que estaría haciendo ahora y en que yo no soy nada ni para ella ni para nadie.
Necesitaba beber y era pronto para irme a casa. Pero aquí estaba, como un gilipollas. Como el gilipollas que soy.

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viernes, 6 de mayo de 2011

Lejos.

Historia I


Era tiempo de tormentas. De sobresaltos. De pesadillas. De llantos y penurias.
Era tiempo que pasaba y en mi casa, ahora, no me quería ver nadie. He intentado evitar toda esta mierda. Pensar en ti, en la cerveza, en mil historias que me llevarían lejos de todo esto.
"Eres un gilipollas", me decía. Yo prefería ignorar todo. Ni me va ni me viene. No me ofende. Yo me conozco, se como soy se como hacer las cosas y se que me conviene y que no.





 Historia II


Sangraba lágrimas por mis poros. Sudaba estrés y nervio puro. Tenía las venas hinchadas y solo veía su mirada ardiente repleta de odio. 
Me gustaba leer, me aislaba, me mantenía apartado. A distancia. Separado. Al fin y al cabo, Lejos... Muy lejos.





 Historia III


Obstáculos tan jodidos como la vida misma. Estaba claro que la cuerda estaba tensa. Si fallaba, por lo menos, tenía todas las pastillas que guardaba mi padre. 
Tenía mi navaja suiza original. Cortaba cualquier dolor con aún más dolor. El espejo reflejaba mis pensamientos, veía los primeros golpes de mi madre cuando era joven, como veía cada orgasmo o cada vez que ingerí la sangre de Cristo.
El tiempo pasaba. Se quedaba atrás. Y moría en mi memoria.
Quizás nada de esto pasaría estando lejos.



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