La Fosa del Cariño

La Fosa del Cariño

viernes, 16 de enero de 2015

El Pintor



                Aún recuerdo como si fuesen ayer esas magníficas clases de pintura. En las que te hacían madrugar un sábado de resaca mortal, con la boca seca y aliento a mal. Donde acababas debatiendo sobre política y poniendo más tetas a la escultura de las que ya de por sí tiene.

No os miento, eran unos sábados de mierda. Ninguna alumna atractiva, una profesora hippy que llegaba horas tarde. Y un reloj que iba más despacio de lo normal.
Quizá era la falta de inspiración, el no poder beber pientras manchaba mis manos de carboncillo, o el ver como la pornografía me había perjudicado el concepto de las proporciones. Lo que hacía de estos días un infierno.
Por suerte, todo eso pasó.

Ahora tengo otro problema. Mi vena artística va a estallar. Cualquier motivo es suficiente para ponerme a dibujar. Para pasarme horas delante de un ordenador, dejándome la vista y sin consumir una puta gota de cerveza. Pensando las mil y una maneras de conseguir ganarme tu aprobación. Tu agradecimiento.
Hoy bebía café con Alberto, Diego y el otro Diego. Bebía cervezas mientras debatía sobre el capitalismo. Me tocaba con fotografías de Ouka Leele. Y leía tu nombre en mi agenda unas 6 veces al día. Que letra más bonita tengo, por cierto.
Rechazaba llamadas de tres mujeres distintas. Me secaba la sangre de la nariz. Y me masturbaba unas 4 veces al día.

Pero mi problema es mi cabeza. Mi puta mente que me hace verte cada vez que doblo la esquina. Esas gotas de sudor que bajan por mi frente mientras te vuelvo a dibujar, y sigo sin lograr sorprenerte. Algo va mal. Y te aseguro que esta vez no son las ganas que tengo de apuñalar a ese tío. Ni el verme en un espejo y avergonzarme de las niñatadas que soy capaz de hacer.

Algo va mal, lo sé.
Algo va mal, pero no sé el qué.













Me lo dedico a mi, 
hoy lo necesito más que nunca.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

La cabra de la granja de Clara.


Mi difunta abuela Clara tenía una granja.
Ahí me críe. No físicamente, quiero decir, yo vivía en Florida. Pero mi corazón siempre estuvo atado a ese rancho.

Iba cada Domingo a recordar de dónde vengo. A día de hoy, me considero adulto y no voy. No mentalmente, según mi compañera sentimental sigo siendo un crío. Me refiero a esos "adultos" que se creen "adultos" por bajarse a un bar un día cualquiera. Tomarse tres botellines mientras terminan aquel libro que dejaron a medias. Y desafiar con la mirada a cualquier persona que entre. Ese era yo. Y ese soy yo.

Lo que está claro es que, dejando a un margen si soy o no lo suficientemente adulto, esa granja me sigue.
Hay gente que tiene un perro, un gato e incluso un conejo como mascota. Yo nunca tuve mascota alguna. Pero sí es cierto que jugaba mucho con la única cabra que había en dicha finca.
Recuerdo que esa cabra me solía atacar. El motivo, no lo sé. Y es que, pese al haber madurado, sigo sin tener claro qué es el bien o el mal. Y, por lo tanto, no sé si esos ataques estaban justificados.
Lo que sí justifico es que, mi estado de ánimo, depende mucho de esta incertidumbre que aún arrastro desde crío. Y, pese a hablar de libertad, derechos y respeto, soy una persona que vive contínuamente oprimido. Y que permite ser machacado psicológicamente porque, siendo francos, nunca sabré qué es el bien o el mal. Qué he hecho bien o mal. Qué merezco o no.
Y, os aseguro, que sigo sin lograr ignorar esto y continuar mi vida. De hecho, este tema me arrastra hasta el punto de plantearme si debería desaparecer de la gente.
Aunque antes de nada. Agradecería que desapareciese esa cabra que, cada vez que cierro los ojos, aparece ahí, entre las sombras. Recordándome que he hecho mal X e Y. Y que, si no me perdona ella -al fin y al cabo yo- jamás seré libre.



Deciado a: 
Mi cabeza, que no sólo me mata. Ademñas me hace escribir estas basuras.

viernes, 12 de diciembre de 2014

Asylum: Jota y Gabriel.

       







          12 de Diciembre.

               Bueno, la fecha era lo de menos. Nos guste o no, una vez que vives en el infierno, dan igual las horas o los días. Sólo buscas la forma de conseguir escapar de esa rutina.
No recuerdo cuando me ingresaron. Ni tampoco el porqué. Debía de ser por el 93 y, antes de que me mataran psicológicamente, sólo recuerdo ver sangre. He de suponer que ahí comenzó todo.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces. Mi nombre es Gabriel y aquí en Asylum, me conocen como Jota. Supongo que en un manicomio es complicado pensar en la ortografía cuando uno está más entretenido en evitar cruzar mirada con Rita, que no te viole Daniel o en conseguir follarse a alguna de las enfermeras. Entre otras muchas cosas.
¿Por qué estaba ahí? Bueno, cada médico tiene su teoría. Lo único que puedo deciros es lo que yo vivo.
Hace meses que no consigo pegar ojo. Y todo es culpa del hijo de puta de mi compañero de celda. Perdón, quiero decir, habitación.
Os explico.












Generalmente, aquí no se come mal. Como lo justo y necesario como para distraerme durante esa hora y tener mis minutos de paz.
Pero todo se nubla cuando llega el silencio. Normalmente, a los médicos no les interesa tenernos despiertos. Cuanto más durmamos mejor, menos molestias. Menos gritos. Menos sangre.
Cuando llega el silencio me veo solo. En la cama. Escuchando a mi compañero respirar.
No es una respiración cualquiera. Es húmeda. Llena de suspiros. Cálida cuando te toca, fría cuando se camufla con el ambiente. Y, entre suspiro y suspiro, le escucho hablarme.
No me deja dormir. Me hace soñar despierto. Pero no como cuando terminas de comer un coño. Es una pesadilla.
Me dan taquicardias. Me recreo mi historia, la historia que él quiere que sufra.
Apago luces. Bajo persianas. Encierro mi cabeza entre edredón y almohadas. Y, entonces, después de todo el barullo...  le escucho de nuevo, detrás mio, la intensidad va aumentando según se dramatiza el "sueño".
Miro el reloj con miedo a verle a él. No han pasado ni cinco minutos. El tiempo se hace eterno. Pero para qué iba a querer que pasasen las horas si, en cuanto llegase la próxima sesión de sueño, volvería a aparecer.

El sudor me hiela. Subo las persianas. Y, temblando, me dirijo a la ducha. A despertarme. A rezar porque el sueño no llame a mi puerta o porque la falta de éste me acabe por matar.




Hoy lo has vuelto a conseguir, bastardo.

jueves, 11 de diciembre de 2014

La lágrima.



                     3 de Diciembre.



              Hacía un frío de cojones. Sólo faltaba la nieve para rematar la jugada. Para colmo, recuerdo pavonearme con los compañeros de obra diciendo "Cago en Dios, yo estoy deseando que llegue el frío". Malditas mis palabras, a día de hoy he de simular que no tirito, que no me tiemblan las manos y que esa cerveza me sabe hasta caliente con tres grados bajo cero.

             Hoy, 3 de Diciembre. Decidimos salir los muchachos a tomar algo de alcohol al bar de enfrente después del trabajo. Era nuestro día de paga y salíamos orgullosos de nuestros 674$. Cinco copas encima, hubieran sido seis, pero esta última me la tiró el bastardo de Gregori.
Seamos francos, yo no tenía ganas de gastar mi dinero en ese antro. Ni de pasar frío. Ni mucho menos de tener resaca al día siguiente. Estaba deseoso de que llegase el día cuatro, de tomarme unas copas con ella. Llevarle bombones y susurrarle al oído el plan maravilloso que tenía en mente.
Pero bueno, no podía negar a los muchachos tomarnos unas. Al fin y al cabo, hay que tener amigos hasta en el infierno.

                   4 de Diciembre.

            Sonaba el despertador. El lechero había dejado la botella junto al periódico en la puerta, como cada Sábado. Me duché rápido. Me corté con la navaja de afeitar, como cada día. Pegué un trago a la leche y agarré el traje heredado de mi difunto padre.

Salí a la calle y, como cada día de Diciembre, Enero o Febrero, el frío fue el primero en darme los buenos días. Tenía el corazón a mil, como cada vez que iba a verla y, gracias a eso, supe esquivar con creces a los borrachos que aún vagaban por las calles.
Me dirigí a la tienda de Goeff. Pan recién horneado, chocolate caliente, churros, y sí, bombones.
Los agarré sin mirar el precio, solté algo de dinero y salí corriendo.

Durante todo el trayecto yo me recreaba un mundo en mi cabeza. Distintas historias de lo que iba a vivir. ¿Cómo la besaré? ¿Qué ropa llevará? ¿Le gustarán los bombones? etc, etc, etc.
Esquivaba los primeros coches. Resbalaba con el hielo que hacía su horrible presencia en el suelo. Me chocaba con las primeras parejas de ancianos que se dirigían a la Iglesia. Saludaba a Eduard, Tony y la bonita Sarah, dueña de una floristería. Escupía un par de flemas. Y, por fin, dedicaba unos minutos a colocarme el traje, peinarme y respirar hondo antes de llamar a la puerta.

*Toc, Toc, Toc*

El tiempo en el que ella llegaba a la puerta era eterno. O al menos suficiente para, una de dos, replantearme dar la vuelta y olvidar todas estas locuras; O imaginarme sus mil sonrisas y su alegría al verme. Tal era mi excitación que llegaba a sufrir una leve erección. Ridículo, lo sé.

Abrió la puerta.

Yo, como siempre que los nervios me pueden, retiré mi mirada con una sonrisa y me lancé directo a darle un beso.
Hasta aquí todo iba perfecto.
Llegamos al salón y, antes de poder retirarme la chaqueta del traje o darle al menos los bombones, nos sentamos en unas sillas.
Fue entonces cuando por fin la miré. Estaba preciosa, como siempre. Sin querer, me salía una sonrisa y de hecho, me entraban ganas de soltar una lágrima de esas de felicidad. Había días en que aún no me creía lo que me estaba pasando.
Por suerte -o eso creía yo- ella estaba mirando los bombones. Seria. Fría como el invierno. Daba la sensación que se iba helando todo a su alrededor. De hecho, esa sonrisa empezó a borrarse. Mi mirada recorrió su cuerpo de arriba a abajo, despacio, hasta detenerse en el suelo.
Me agarré las manos y empecé a rascarme las heridas. Por los nervios. Por la incertidumbre. Por el miedo a fallar.

Pasaron dos minutos y esa lágrima descendió vertiginosamente... como mi felicidad.



















jueves, 20 de noviembre de 2014

Jessopo.



         Mi nombre es Jessopo. Nací en Livorno entre cartones, nieve y sangre, mucha sangre.
Me crié entre ratas de la ciudad. Los nadie. Chicos y chicas de la calle que matarían a tu madre por orgullo. Que fumaban y bebían como los adultos. Y rajaban las ruedas del coche al bastardo que les mirase a los ojos más de dos segundos.
Teníamos las manos curtidas. Y no de trabajar exactamente. Cada dos semanas nos permitíamos el lujo de comer caliente. Y, aunque nuestro primer juguete fuese una 7 muelles, nada nos borró nunca la sonrisa.

Ese era yo, Jessopo. Alto, fibrado y con una mirada que transmitía oro -me decía mi abuela-. Hoy sigo siendo Jessopo. Y físicamente sigo igual, con unos kilos más por culpa de vicios como el alcohol. Alguna cicatriz nueva. Sumándole 20 años a los 6 años de los que os hablaba anteriormente. Pero eso no me quitó nunca el encanto.

Como os decía, mi infancia fue peculiar. Eramos chicos rudos. Nos reíamos del mundo. Robábamos, blasfemábamos y metíamos mano a las señoritas que paseaban por la calle.
No había nada ni nadie que pudiese con nosotros.
O eso creía yo.







20 de Abril de 1992. Hacía un frío descomunal para la época. Yo y los chicos nos colamos en una fiesta de graduación.
Había mucho alcohol. Gente con dinero, es decir, víctimas fáciles. Y un montón de chicas con las que poder acabar la noche en la puerta trasera de un bar.
Mis amigos comenzaron la faena. Se desperdigaron por la sala. Yo me serví una copa y me limité a ver el panorama. Engominados, trajes caros, bailes ridículos y falsas sonrisas que no engañaban a nadie.
Hasta que entonces vi a esa chica. Llevaba un vestido precioso, igual que el color de sus ojos. Piernas largas, curvas increibles, cabello dorado como el champagne,... lo tenía todo.
Leopoldo se me acercó, me agarró por el cuello y me susurró que tenían a cinco tíos amordazados en el baño y les estaban orinando sus chaquetas de Brioni. Yo le pedí un segundo.

Me acerque a ella. No le hizo mucha gracia mi acitud tan extrovertida.
Yo siempre fui muy torpe para estas cosas, solía ser muy directo y eso siempre echaba para atrás a las chicas que no eran golfas. En la calle siempre me funcionaba esta técnica.
Para colmo, me acerqué con dos copas. Ella me la rechazó y, con un par de cojones, me las tomé de un trago ambas. Algo que no mejoró la situación. Aunque aún así logré hablar con ella.

Tras media hora de conversación. De simular mi supuesta cultura. De decirle lo que 1000 tíos le habrán dicho ya esa misma noche. Conseguí robarle un beso.
Fue distinto. No necesité emborracharla. Ni asustarla con actitudes violentas. Meterla mano o amenazarla. Ella era pura ternura.

Me fui de la fiesta ignorando a Leopoldo y los chicos. En mi cabeza no estaban esos trajes de Brioni, el alcohol o huir de Livorno.
En mi cabeza estaba ella y las mil posibilidades que podría tener de volver a verla. A cambio, perdí esa rudeza y esa sonrisa que nada ni nadie me quitó en toda mi vida.

Este soy yo, Jessopo. Otra persona.








Dedicado a Javier Salarich
*La Fosa del Cariño condena cualquier actitud machista  
y que fomente la violencia contra la mujer.

martes, 18 de noviembre de 2014

Buen viaje Jessy.




                           Aún recuerdo a Jessy cual flor, reina del jardín, que brota en medio del prado. Yo, visto con esta filosofía, podría decir que era el Sol o el agua. Le daba aquello que necesitaba para vivir y continuar igual reina. Es decir, le daba esa sonrisa.
Nos limitábamos a dar vueltas en mi vieja Volkswagen. Fumando porros -yo no fumo, pero con todo lo que consumía ella era como si me comiese una cajetilla entera-. Bebiendo cervezas -ahí, sí, yo era el culpable-. Y follando cada vez que salía la Luna. O el Sol. O cada vez que le miraba esa cara y me moría de ganas por saborear su coño. En fin, lo pasábamos bien.
El dinero no era un problema. Siempre nos apañábamos para gastar lo justo. Quizá lo prioritario era seguir unidos y, como en cualquier relación, hablar de dinero siempre tensa la cuerda. Por lo que nos dedicábamos a ceder de vez en cuando uno u otro sin tener que decir nada.

Todo muy equitativo hasta entonces.

Antes de llegar al punto dramático, me gustaría comentaros que yo, Vitto, no toleraba a las personas desagradecidas. Una vez, invité a un hombre a un trago y, tras ver su respuesta, ambos acabamos fuera del bar con la entrada prohibida el resto de nuestros días. Pero sí, esa es otra historia que algún día os contaré.

Volviendo a Jessy.
El tiempo pasaba, nuestros viajes eran cada vez más largos, agradables y, por lo menos para mi, daban esas fuerzas para levantarse un día más.
Yo continuaba haciendo lo mismo que el primer día. Regaba la planta, le hablaba de cualquier cosa, le preguntaba qué necesitaba, besaba sus pétalos y peleaba por que, cuando seamos ancianos, esas arrugas fuesen de no parar de sonreír.
Pero Jessy se marchitaba por momentos. No físicamente, ella seguía radiante. Pero esa risa que me volvía loco desaparecía de vez en cuando. Sin motivo alguno. Se fumaba sus porros. Compartíamos nuestras cervezas y, si la situación lo requería o la gasolina escaseaba, follábamos.








Los viajes comenzaron a hacerse algo duros. El calor, la falta de sueño y el no parar de sacrificarme porque Jessy fuese feliz comenzaron a darme náuseas. No entraba en mi cabeza ese cambio. O, si me lo permitís, esa elección.
Porque, desde mi punto de vista, la vida es una actitud. Y sí, mi vida era una mierda, pero con ella no era así. Con ella cualquier excusa era buena para verle un lado bello a todo.
Entonces, un día, sin venir a cuento. Bajé para echar un orín y, mientras me sacudía la polla y pensaba en dejar de beber. Escuché el ruido del motor, y vi a Jessy huir con la furgoneta.

Derrumbado, no paraba de cuestionarme si tan mal había hecho las cosas. Si sólo era yo feliz en este viaje y, sobre todo, si ahora seguiría viendo algo bello a la vida...











sábado, 15 de noviembre de 2014

Hoy


             Cinco de la mañana.

...





Y, tras escribir 3 historias de más de 200 líneas y borrarlas, me he limitado a soltar 200 lágrimas.
Pensé que lo que me quedaba era escribir. Hoy ni eso.