3 de Diciembre.
Hacía un frío de cojones. Sólo faltaba la nieve para rematar la jugada. Para colmo, recuerdo pavonearme con los compañeros de obra diciendo "Cago en Dios, yo estoy deseando que llegue el frío". Malditas mis palabras, a día de hoy he de simular que no tirito, que no me tiemblan las manos y que esa cerveza me sabe hasta caliente con tres grados bajo cero.
Hoy, 3 de Diciembre. Decidimos salir los muchachos a tomar algo de alcohol al bar de enfrente después del trabajo. Era nuestro día de paga y salíamos orgullosos de nuestros 674$. Cinco copas encima, hubieran sido seis, pero esta última me la tiró el bastardo de Gregori.
Seamos francos, yo no tenía ganas de gastar mi dinero en ese antro. Ni de pasar frío. Ni mucho menos de tener resaca al día siguiente. Estaba deseoso de que llegase el día cuatro, de tomarme unas copas con ella. Llevarle bombones y susurrarle al oído el plan maravilloso que tenía en mente.
Pero bueno, no podía negar a los muchachos tomarnos unas. Al fin y al cabo, hay que tener amigos hasta en el infierno.
4 de Diciembre.
Sonaba el despertador. El lechero había dejado la botella junto al periódico en la puerta, como cada Sábado. Me duché rápido. Me corté con la navaja de afeitar, como cada día. Pegué un trago a la leche y agarré el traje heredado de mi difunto padre.
Salí a la calle y, como cada día de Diciembre, Enero o Febrero, el frío fue el primero en darme los buenos días. Tenía el corazón a mil, como cada vez que iba a verla y, gracias a eso, supe esquivar con creces a los borrachos que aún vagaban por las calles.
Me dirigí a la tienda de Goeff. Pan recién horneado, chocolate caliente, churros, y sí, bombones.
Los agarré sin mirar el precio, solté algo de dinero y salí corriendo.
Durante todo el trayecto yo me recreaba un mundo en mi cabeza. Distintas historias de lo que iba a vivir. ¿Cómo la besaré? ¿Qué ropa llevará? ¿Le gustarán los bombones? etc, etc, etc.
Esquivaba los primeros coches. Resbalaba con el hielo que hacía su horrible presencia en el suelo. Me chocaba con las primeras parejas de ancianos que se dirigían a la Iglesia. Saludaba a Eduard, Tony y la bonita Sarah, dueña de una floristería. Escupía un par de flemas. Y, por fin, dedicaba unos minutos a colocarme el traje, peinarme y respirar hondo antes de llamar a la puerta.
*Toc, Toc, Toc*
El tiempo en el que ella llegaba a la puerta era eterno. O al menos suficiente para, una de dos, replantearme dar la vuelta y olvidar todas estas locuras; O imaginarme sus mil sonrisas y su alegría al verme. Tal era mi excitación que llegaba a sufrir una leve erección. Ridículo, lo sé.
Abrió la puerta.
Yo, como siempre que los nervios me pueden, retiré mi mirada con una sonrisa y me lancé directo a darle un beso.
Hasta aquí todo iba perfecto.
Llegamos al salón y, antes de poder retirarme la chaqueta del traje o darle al menos los bombones, nos sentamos en unas sillas.
Fue entonces cuando por fin la miré. Estaba preciosa, como siempre. Sin querer, me salía una sonrisa y de hecho, me entraban ganas de soltar una lágrima de esas de felicidad. Había días en que aún no me creía lo que me estaba pasando.
Por suerte -o eso creía yo- ella estaba mirando los bombones. Seria. Fría como el invierno. Daba la sensación que se iba helando todo a su alrededor. De hecho, esa sonrisa empezó a borrarse. Mi mirada recorrió su cuerpo de arriba a abajo, despacio, hasta detenerse en el suelo.
Me agarré las manos y empecé a rascarme las heridas. Por los nervios. Por la incertidumbre. Por el miedo a fallar.
Pasaron dos minutos y esa lágrima descendió vertiginosamente... como mi felicidad.