La Fosa del Cariño

La Fosa del Cariño

miércoles, 17 de diciembre de 2014

La cabra de la granja de Clara.


Mi difunta abuela Clara tenía una granja.
Ahí me críe. No físicamente, quiero decir, yo vivía en Florida. Pero mi corazón siempre estuvo atado a ese rancho.

Iba cada Domingo a recordar de dónde vengo. A día de hoy, me considero adulto y no voy. No mentalmente, según mi compañera sentimental sigo siendo un crío. Me refiero a esos "adultos" que se creen "adultos" por bajarse a un bar un día cualquiera. Tomarse tres botellines mientras terminan aquel libro que dejaron a medias. Y desafiar con la mirada a cualquier persona que entre. Ese era yo. Y ese soy yo.

Lo que está claro es que, dejando a un margen si soy o no lo suficientemente adulto, esa granja me sigue.
Hay gente que tiene un perro, un gato e incluso un conejo como mascota. Yo nunca tuve mascota alguna. Pero sí es cierto que jugaba mucho con la única cabra que había en dicha finca.
Recuerdo que esa cabra me solía atacar. El motivo, no lo sé. Y es que, pese al haber madurado, sigo sin tener claro qué es el bien o el mal. Y, por lo tanto, no sé si esos ataques estaban justificados.
Lo que sí justifico es que, mi estado de ánimo, depende mucho de esta incertidumbre que aún arrastro desde crío. Y, pese a hablar de libertad, derechos y respeto, soy una persona que vive contínuamente oprimido. Y que permite ser machacado psicológicamente porque, siendo francos, nunca sabré qué es el bien o el mal. Qué he hecho bien o mal. Qué merezco o no.
Y, os aseguro, que sigo sin lograr ignorar esto y continuar mi vida. De hecho, este tema me arrastra hasta el punto de plantearme si debería desaparecer de la gente.
Aunque antes de nada. Agradecería que desapareciese esa cabra que, cada vez que cierro los ojos, aparece ahí, entre las sombras. Recordándome que he hecho mal X e Y. Y que, si no me perdona ella -al fin y al cabo yo- jamás seré libre.



Deciado a: 
Mi cabeza, que no sólo me mata. Ademñas me hace escribir estas basuras.

viernes, 12 de diciembre de 2014

Asylum: Jota y Gabriel.

       







          12 de Diciembre.

               Bueno, la fecha era lo de menos. Nos guste o no, una vez que vives en el infierno, dan igual las horas o los días. Sólo buscas la forma de conseguir escapar de esa rutina.
No recuerdo cuando me ingresaron. Ni tampoco el porqué. Debía de ser por el 93 y, antes de que me mataran psicológicamente, sólo recuerdo ver sangre. He de suponer que ahí comenzó todo.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces. Mi nombre es Gabriel y aquí en Asylum, me conocen como Jota. Supongo que en un manicomio es complicado pensar en la ortografía cuando uno está más entretenido en evitar cruzar mirada con Rita, que no te viole Daniel o en conseguir follarse a alguna de las enfermeras. Entre otras muchas cosas.
¿Por qué estaba ahí? Bueno, cada médico tiene su teoría. Lo único que puedo deciros es lo que yo vivo.
Hace meses que no consigo pegar ojo. Y todo es culpa del hijo de puta de mi compañero de celda. Perdón, quiero decir, habitación.
Os explico.












Generalmente, aquí no se come mal. Como lo justo y necesario como para distraerme durante esa hora y tener mis minutos de paz.
Pero todo se nubla cuando llega el silencio. Normalmente, a los médicos no les interesa tenernos despiertos. Cuanto más durmamos mejor, menos molestias. Menos gritos. Menos sangre.
Cuando llega el silencio me veo solo. En la cama. Escuchando a mi compañero respirar.
No es una respiración cualquiera. Es húmeda. Llena de suspiros. Cálida cuando te toca, fría cuando se camufla con el ambiente. Y, entre suspiro y suspiro, le escucho hablarme.
No me deja dormir. Me hace soñar despierto. Pero no como cuando terminas de comer un coño. Es una pesadilla.
Me dan taquicardias. Me recreo mi historia, la historia que él quiere que sufra.
Apago luces. Bajo persianas. Encierro mi cabeza entre edredón y almohadas. Y, entonces, después de todo el barullo...  le escucho de nuevo, detrás mio, la intensidad va aumentando según se dramatiza el "sueño".
Miro el reloj con miedo a verle a él. No han pasado ni cinco minutos. El tiempo se hace eterno. Pero para qué iba a querer que pasasen las horas si, en cuanto llegase la próxima sesión de sueño, volvería a aparecer.

El sudor me hiela. Subo las persianas. Y, temblando, me dirijo a la ducha. A despertarme. A rezar porque el sueño no llame a mi puerta o porque la falta de éste me acabe por matar.




Hoy lo has vuelto a conseguir, bastardo.

jueves, 11 de diciembre de 2014

La lágrima.



                     3 de Diciembre.



              Hacía un frío de cojones. Sólo faltaba la nieve para rematar la jugada. Para colmo, recuerdo pavonearme con los compañeros de obra diciendo "Cago en Dios, yo estoy deseando que llegue el frío". Malditas mis palabras, a día de hoy he de simular que no tirito, que no me tiemblan las manos y que esa cerveza me sabe hasta caliente con tres grados bajo cero.

             Hoy, 3 de Diciembre. Decidimos salir los muchachos a tomar algo de alcohol al bar de enfrente después del trabajo. Era nuestro día de paga y salíamos orgullosos de nuestros 674$. Cinco copas encima, hubieran sido seis, pero esta última me la tiró el bastardo de Gregori.
Seamos francos, yo no tenía ganas de gastar mi dinero en ese antro. Ni de pasar frío. Ni mucho menos de tener resaca al día siguiente. Estaba deseoso de que llegase el día cuatro, de tomarme unas copas con ella. Llevarle bombones y susurrarle al oído el plan maravilloso que tenía en mente.
Pero bueno, no podía negar a los muchachos tomarnos unas. Al fin y al cabo, hay que tener amigos hasta en el infierno.

                   4 de Diciembre.

            Sonaba el despertador. El lechero había dejado la botella junto al periódico en la puerta, como cada Sábado. Me duché rápido. Me corté con la navaja de afeitar, como cada día. Pegué un trago a la leche y agarré el traje heredado de mi difunto padre.

Salí a la calle y, como cada día de Diciembre, Enero o Febrero, el frío fue el primero en darme los buenos días. Tenía el corazón a mil, como cada vez que iba a verla y, gracias a eso, supe esquivar con creces a los borrachos que aún vagaban por las calles.
Me dirigí a la tienda de Goeff. Pan recién horneado, chocolate caliente, churros, y sí, bombones.
Los agarré sin mirar el precio, solté algo de dinero y salí corriendo.

Durante todo el trayecto yo me recreaba un mundo en mi cabeza. Distintas historias de lo que iba a vivir. ¿Cómo la besaré? ¿Qué ropa llevará? ¿Le gustarán los bombones? etc, etc, etc.
Esquivaba los primeros coches. Resbalaba con el hielo que hacía su horrible presencia en el suelo. Me chocaba con las primeras parejas de ancianos que se dirigían a la Iglesia. Saludaba a Eduard, Tony y la bonita Sarah, dueña de una floristería. Escupía un par de flemas. Y, por fin, dedicaba unos minutos a colocarme el traje, peinarme y respirar hondo antes de llamar a la puerta.

*Toc, Toc, Toc*

El tiempo en el que ella llegaba a la puerta era eterno. O al menos suficiente para, una de dos, replantearme dar la vuelta y olvidar todas estas locuras; O imaginarme sus mil sonrisas y su alegría al verme. Tal era mi excitación que llegaba a sufrir una leve erección. Ridículo, lo sé.

Abrió la puerta.

Yo, como siempre que los nervios me pueden, retiré mi mirada con una sonrisa y me lancé directo a darle un beso.
Hasta aquí todo iba perfecto.
Llegamos al salón y, antes de poder retirarme la chaqueta del traje o darle al menos los bombones, nos sentamos en unas sillas.
Fue entonces cuando por fin la miré. Estaba preciosa, como siempre. Sin querer, me salía una sonrisa y de hecho, me entraban ganas de soltar una lágrima de esas de felicidad. Había días en que aún no me creía lo que me estaba pasando.
Por suerte -o eso creía yo- ella estaba mirando los bombones. Seria. Fría como el invierno. Daba la sensación que se iba helando todo a su alrededor. De hecho, esa sonrisa empezó a borrarse. Mi mirada recorrió su cuerpo de arriba a abajo, despacio, hasta detenerse en el suelo.
Me agarré las manos y empecé a rascarme las heridas. Por los nervios. Por la incertidumbre. Por el miedo a fallar.

Pasaron dos minutos y esa lágrima descendió vertiginosamente... como mi felicidad.