Recuerdo esa fría noche de invierno como si fuese ayer.
Ansiando una cerveza me recorrí toda la Avenida con prisa y sin ningún tipo de pausa.
Días antes, recuerdo haber pasado buenos momentos. Momentos que hacía tiempo que no vivía. Quizás había transcurrido más de medio año, y yo no había conseguido ser el culpable de la sonrisa de nadie.
Recuerdo brindar contigo. Mirarte a los ojos y saber que eras un fruto prohibido, el único manjar de un jardín donde no había más que espinas. Así que, después de mirarte una vez más, le daba otro trago.
Como el caballo recorre el largo camino de las venas de un drogadicto. Yo me hice adicto al sonido de su risa. A su afición por la felicidad.
Parecía mentira que una persona como yo, pudiese encontrar la felicidad. Parecía mentira que una persona como yo, pudiese encontrar a alguien como tú.
Desde entonces las cosas han cambiado. Hay semanas y semanas, pero ahora son todas más soportables que lo que han sido nunca.
Salgo y disfruto una cerveza a su lado. Salgo y prefiero besar todo su cuerpo antes que beberme todas las cervezas de la tienda de alimentación.
Siguen comiéndome miles de prejuicios. Pero ella es distinta. A día de hoy, tengo fuerzas para plantarme cara a cara a ellos y pararles los pies. Todo gracias a ella.
Hacía mucho que no escribía. Al fin y al cabo, hacía mucho que no sentía.
No es mi mejor texto. Quizás es que no tengo valor a decirte las cosas. Pero esto es tuyo y de nadie más.
Gracias.
I.
