Mi difunta abuela Clara tenía una granja.
Ahí me críe. No físicamente, quiero decir, yo vivía en Florida. Pero mi corazón siempre estuvo atado a ese rancho.
Iba cada Domingo a recordar de dónde vengo. A día de hoy, me considero adulto y no voy. No mentalmente, según mi compañera sentimental sigo siendo un crío. Me refiero a esos "adultos" que se creen "adultos" por bajarse a un bar un día cualquiera. Tomarse tres botellines mientras terminan aquel libro que dejaron a medias. Y desafiar con la mirada a cualquier persona que entre. Ese era yo. Y ese soy yo.
Lo que está claro es que, dejando a un margen si soy o no lo suficientemente adulto, esa granja me sigue.
Hay gente que tiene un perro, un gato e incluso un conejo como mascota. Yo nunca tuve mascota alguna. Pero sí es cierto que jugaba mucho con la única cabra que había en dicha finca.
Recuerdo que esa cabra me solía atacar. El motivo, no lo sé. Y es que, pese al haber madurado, sigo sin tener claro qué es el bien o el mal. Y, por lo tanto, no sé si esos ataques estaban justificados.
Lo que sí justifico es que, mi estado de ánimo, depende mucho de esta incertidumbre que aún arrastro desde crío. Y, pese a hablar de libertad, derechos y respeto, soy una persona que vive contínuamente oprimido. Y que permite ser machacado psicológicamente porque, siendo francos, nunca sabré qué es el bien o el mal. Qué he hecho bien o mal. Qué merezco o no.
Y, os aseguro, que sigo sin lograr ignorar esto y continuar mi vida. De hecho, este tema me arrastra hasta el punto de plantearme si debería desaparecer de la gente.
Aunque antes de nada. Agradecería que desapareciese esa cabra que, cada vez que cierro los ojos, aparece ahí, entre las sombras. Recordándome que he hecho mal X e Y. Y que, si no me perdona ella -al fin y al cabo yo- jamás seré libre.
Deciado a:
Mi cabeza, que no sólo me mata. Ademñas me hace escribir estas basuras.


