La Fosa del Cariño

La Fosa del Cariño

miércoles, 17 de diciembre de 2014

La cabra de la granja de Clara.


Mi difunta abuela Clara tenía una granja.
Ahí me críe. No físicamente, quiero decir, yo vivía en Florida. Pero mi corazón siempre estuvo atado a ese rancho.

Iba cada Domingo a recordar de dónde vengo. A día de hoy, me considero adulto y no voy. No mentalmente, según mi compañera sentimental sigo siendo un crío. Me refiero a esos "adultos" que se creen "adultos" por bajarse a un bar un día cualquiera. Tomarse tres botellines mientras terminan aquel libro que dejaron a medias. Y desafiar con la mirada a cualquier persona que entre. Ese era yo. Y ese soy yo.

Lo que está claro es que, dejando a un margen si soy o no lo suficientemente adulto, esa granja me sigue.
Hay gente que tiene un perro, un gato e incluso un conejo como mascota. Yo nunca tuve mascota alguna. Pero sí es cierto que jugaba mucho con la única cabra que había en dicha finca.
Recuerdo que esa cabra me solía atacar. El motivo, no lo sé. Y es que, pese al haber madurado, sigo sin tener claro qué es el bien o el mal. Y, por lo tanto, no sé si esos ataques estaban justificados.
Lo que sí justifico es que, mi estado de ánimo, depende mucho de esta incertidumbre que aún arrastro desde crío. Y, pese a hablar de libertad, derechos y respeto, soy una persona que vive contínuamente oprimido. Y que permite ser machacado psicológicamente porque, siendo francos, nunca sabré qué es el bien o el mal. Qué he hecho bien o mal. Qué merezco o no.
Y, os aseguro, que sigo sin lograr ignorar esto y continuar mi vida. De hecho, este tema me arrastra hasta el punto de plantearme si debería desaparecer de la gente.
Aunque antes de nada. Agradecería que desapareciese esa cabra que, cada vez que cierro los ojos, aparece ahí, entre las sombras. Recordándome que he hecho mal X e Y. Y que, si no me perdona ella -al fin y al cabo yo- jamás seré libre.



Deciado a: 
Mi cabeza, que no sólo me mata. Ademñas me hace escribir estas basuras.

viernes, 12 de diciembre de 2014

Asylum: Jota y Gabriel.

       







          12 de Diciembre.

               Bueno, la fecha era lo de menos. Nos guste o no, una vez que vives en el infierno, dan igual las horas o los días. Sólo buscas la forma de conseguir escapar de esa rutina.
No recuerdo cuando me ingresaron. Ni tampoco el porqué. Debía de ser por el 93 y, antes de que me mataran psicológicamente, sólo recuerdo ver sangre. He de suponer que ahí comenzó todo.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces. Mi nombre es Gabriel y aquí en Asylum, me conocen como Jota. Supongo que en un manicomio es complicado pensar en la ortografía cuando uno está más entretenido en evitar cruzar mirada con Rita, que no te viole Daniel o en conseguir follarse a alguna de las enfermeras. Entre otras muchas cosas.
¿Por qué estaba ahí? Bueno, cada médico tiene su teoría. Lo único que puedo deciros es lo que yo vivo.
Hace meses que no consigo pegar ojo. Y todo es culpa del hijo de puta de mi compañero de celda. Perdón, quiero decir, habitación.
Os explico.












Generalmente, aquí no se come mal. Como lo justo y necesario como para distraerme durante esa hora y tener mis minutos de paz.
Pero todo se nubla cuando llega el silencio. Normalmente, a los médicos no les interesa tenernos despiertos. Cuanto más durmamos mejor, menos molestias. Menos gritos. Menos sangre.
Cuando llega el silencio me veo solo. En la cama. Escuchando a mi compañero respirar.
No es una respiración cualquiera. Es húmeda. Llena de suspiros. Cálida cuando te toca, fría cuando se camufla con el ambiente. Y, entre suspiro y suspiro, le escucho hablarme.
No me deja dormir. Me hace soñar despierto. Pero no como cuando terminas de comer un coño. Es una pesadilla.
Me dan taquicardias. Me recreo mi historia, la historia que él quiere que sufra.
Apago luces. Bajo persianas. Encierro mi cabeza entre edredón y almohadas. Y, entonces, después de todo el barullo...  le escucho de nuevo, detrás mio, la intensidad va aumentando según se dramatiza el "sueño".
Miro el reloj con miedo a verle a él. No han pasado ni cinco minutos. El tiempo se hace eterno. Pero para qué iba a querer que pasasen las horas si, en cuanto llegase la próxima sesión de sueño, volvería a aparecer.

El sudor me hiela. Subo las persianas. Y, temblando, me dirijo a la ducha. A despertarme. A rezar porque el sueño no llame a mi puerta o porque la falta de éste me acabe por matar.




Hoy lo has vuelto a conseguir, bastardo.

jueves, 11 de diciembre de 2014

La lágrima.



                     3 de Diciembre.



              Hacía un frío de cojones. Sólo faltaba la nieve para rematar la jugada. Para colmo, recuerdo pavonearme con los compañeros de obra diciendo "Cago en Dios, yo estoy deseando que llegue el frío". Malditas mis palabras, a día de hoy he de simular que no tirito, que no me tiemblan las manos y que esa cerveza me sabe hasta caliente con tres grados bajo cero.

             Hoy, 3 de Diciembre. Decidimos salir los muchachos a tomar algo de alcohol al bar de enfrente después del trabajo. Era nuestro día de paga y salíamos orgullosos de nuestros 674$. Cinco copas encima, hubieran sido seis, pero esta última me la tiró el bastardo de Gregori.
Seamos francos, yo no tenía ganas de gastar mi dinero en ese antro. Ni de pasar frío. Ni mucho menos de tener resaca al día siguiente. Estaba deseoso de que llegase el día cuatro, de tomarme unas copas con ella. Llevarle bombones y susurrarle al oído el plan maravilloso que tenía en mente.
Pero bueno, no podía negar a los muchachos tomarnos unas. Al fin y al cabo, hay que tener amigos hasta en el infierno.

                   4 de Diciembre.

            Sonaba el despertador. El lechero había dejado la botella junto al periódico en la puerta, como cada Sábado. Me duché rápido. Me corté con la navaja de afeitar, como cada día. Pegué un trago a la leche y agarré el traje heredado de mi difunto padre.

Salí a la calle y, como cada día de Diciembre, Enero o Febrero, el frío fue el primero en darme los buenos días. Tenía el corazón a mil, como cada vez que iba a verla y, gracias a eso, supe esquivar con creces a los borrachos que aún vagaban por las calles.
Me dirigí a la tienda de Goeff. Pan recién horneado, chocolate caliente, churros, y sí, bombones.
Los agarré sin mirar el precio, solté algo de dinero y salí corriendo.

Durante todo el trayecto yo me recreaba un mundo en mi cabeza. Distintas historias de lo que iba a vivir. ¿Cómo la besaré? ¿Qué ropa llevará? ¿Le gustarán los bombones? etc, etc, etc.
Esquivaba los primeros coches. Resbalaba con el hielo que hacía su horrible presencia en el suelo. Me chocaba con las primeras parejas de ancianos que se dirigían a la Iglesia. Saludaba a Eduard, Tony y la bonita Sarah, dueña de una floristería. Escupía un par de flemas. Y, por fin, dedicaba unos minutos a colocarme el traje, peinarme y respirar hondo antes de llamar a la puerta.

*Toc, Toc, Toc*

El tiempo en el que ella llegaba a la puerta era eterno. O al menos suficiente para, una de dos, replantearme dar la vuelta y olvidar todas estas locuras; O imaginarme sus mil sonrisas y su alegría al verme. Tal era mi excitación que llegaba a sufrir una leve erección. Ridículo, lo sé.

Abrió la puerta.

Yo, como siempre que los nervios me pueden, retiré mi mirada con una sonrisa y me lancé directo a darle un beso.
Hasta aquí todo iba perfecto.
Llegamos al salón y, antes de poder retirarme la chaqueta del traje o darle al menos los bombones, nos sentamos en unas sillas.
Fue entonces cuando por fin la miré. Estaba preciosa, como siempre. Sin querer, me salía una sonrisa y de hecho, me entraban ganas de soltar una lágrima de esas de felicidad. Había días en que aún no me creía lo que me estaba pasando.
Por suerte -o eso creía yo- ella estaba mirando los bombones. Seria. Fría como el invierno. Daba la sensación que se iba helando todo a su alrededor. De hecho, esa sonrisa empezó a borrarse. Mi mirada recorrió su cuerpo de arriba a abajo, despacio, hasta detenerse en el suelo.
Me agarré las manos y empecé a rascarme las heridas. Por los nervios. Por la incertidumbre. Por el miedo a fallar.

Pasaron dos minutos y esa lágrima descendió vertiginosamente... como mi felicidad.



















jueves, 20 de noviembre de 2014

Jessopo.



         Mi nombre es Jessopo. Nací en Livorno entre cartones, nieve y sangre, mucha sangre.
Me crié entre ratas de la ciudad. Los nadie. Chicos y chicas de la calle que matarían a tu madre por orgullo. Que fumaban y bebían como los adultos. Y rajaban las ruedas del coche al bastardo que les mirase a los ojos más de dos segundos.
Teníamos las manos curtidas. Y no de trabajar exactamente. Cada dos semanas nos permitíamos el lujo de comer caliente. Y, aunque nuestro primer juguete fuese una 7 muelles, nada nos borró nunca la sonrisa.

Ese era yo, Jessopo. Alto, fibrado y con una mirada que transmitía oro -me decía mi abuela-. Hoy sigo siendo Jessopo. Y físicamente sigo igual, con unos kilos más por culpa de vicios como el alcohol. Alguna cicatriz nueva. Sumándole 20 años a los 6 años de los que os hablaba anteriormente. Pero eso no me quitó nunca el encanto.

Como os decía, mi infancia fue peculiar. Eramos chicos rudos. Nos reíamos del mundo. Robábamos, blasfemábamos y metíamos mano a las señoritas que paseaban por la calle.
No había nada ni nadie que pudiese con nosotros.
O eso creía yo.







20 de Abril de 1992. Hacía un frío descomunal para la época. Yo y los chicos nos colamos en una fiesta de graduación.
Había mucho alcohol. Gente con dinero, es decir, víctimas fáciles. Y un montón de chicas con las que poder acabar la noche en la puerta trasera de un bar.
Mis amigos comenzaron la faena. Se desperdigaron por la sala. Yo me serví una copa y me limité a ver el panorama. Engominados, trajes caros, bailes ridículos y falsas sonrisas que no engañaban a nadie.
Hasta que entonces vi a esa chica. Llevaba un vestido precioso, igual que el color de sus ojos. Piernas largas, curvas increibles, cabello dorado como el champagne,... lo tenía todo.
Leopoldo se me acercó, me agarró por el cuello y me susurró que tenían a cinco tíos amordazados en el baño y les estaban orinando sus chaquetas de Brioni. Yo le pedí un segundo.

Me acerque a ella. No le hizo mucha gracia mi acitud tan extrovertida.
Yo siempre fui muy torpe para estas cosas, solía ser muy directo y eso siempre echaba para atrás a las chicas que no eran golfas. En la calle siempre me funcionaba esta técnica.
Para colmo, me acerqué con dos copas. Ella me la rechazó y, con un par de cojones, me las tomé de un trago ambas. Algo que no mejoró la situación. Aunque aún así logré hablar con ella.

Tras media hora de conversación. De simular mi supuesta cultura. De decirle lo que 1000 tíos le habrán dicho ya esa misma noche. Conseguí robarle un beso.
Fue distinto. No necesité emborracharla. Ni asustarla con actitudes violentas. Meterla mano o amenazarla. Ella era pura ternura.

Me fui de la fiesta ignorando a Leopoldo y los chicos. En mi cabeza no estaban esos trajes de Brioni, el alcohol o huir de Livorno.
En mi cabeza estaba ella y las mil posibilidades que podría tener de volver a verla. A cambio, perdí esa rudeza y esa sonrisa que nada ni nadie me quitó en toda mi vida.

Este soy yo, Jessopo. Otra persona.








Dedicado a Javier Salarich
*La Fosa del Cariño condena cualquier actitud machista  
y que fomente la violencia contra la mujer.

martes, 18 de noviembre de 2014

Buen viaje Jessy.




                           Aún recuerdo a Jessy cual flor, reina del jardín, que brota en medio del prado. Yo, visto con esta filosofía, podría decir que era el Sol o el agua. Le daba aquello que necesitaba para vivir y continuar igual reina. Es decir, le daba esa sonrisa.
Nos limitábamos a dar vueltas en mi vieja Volkswagen. Fumando porros -yo no fumo, pero con todo lo que consumía ella era como si me comiese una cajetilla entera-. Bebiendo cervezas -ahí, sí, yo era el culpable-. Y follando cada vez que salía la Luna. O el Sol. O cada vez que le miraba esa cara y me moría de ganas por saborear su coño. En fin, lo pasábamos bien.
El dinero no era un problema. Siempre nos apañábamos para gastar lo justo. Quizá lo prioritario era seguir unidos y, como en cualquier relación, hablar de dinero siempre tensa la cuerda. Por lo que nos dedicábamos a ceder de vez en cuando uno u otro sin tener que decir nada.

Todo muy equitativo hasta entonces.

Antes de llegar al punto dramático, me gustaría comentaros que yo, Vitto, no toleraba a las personas desagradecidas. Una vez, invité a un hombre a un trago y, tras ver su respuesta, ambos acabamos fuera del bar con la entrada prohibida el resto de nuestros días. Pero sí, esa es otra historia que algún día os contaré.

Volviendo a Jessy.
El tiempo pasaba, nuestros viajes eran cada vez más largos, agradables y, por lo menos para mi, daban esas fuerzas para levantarse un día más.
Yo continuaba haciendo lo mismo que el primer día. Regaba la planta, le hablaba de cualquier cosa, le preguntaba qué necesitaba, besaba sus pétalos y peleaba por que, cuando seamos ancianos, esas arrugas fuesen de no parar de sonreír.
Pero Jessy se marchitaba por momentos. No físicamente, ella seguía radiante. Pero esa risa que me volvía loco desaparecía de vez en cuando. Sin motivo alguno. Se fumaba sus porros. Compartíamos nuestras cervezas y, si la situación lo requería o la gasolina escaseaba, follábamos.








Los viajes comenzaron a hacerse algo duros. El calor, la falta de sueño y el no parar de sacrificarme porque Jessy fuese feliz comenzaron a darme náuseas. No entraba en mi cabeza ese cambio. O, si me lo permitís, esa elección.
Porque, desde mi punto de vista, la vida es una actitud. Y sí, mi vida era una mierda, pero con ella no era así. Con ella cualquier excusa era buena para verle un lado bello a todo.
Entonces, un día, sin venir a cuento. Bajé para echar un orín y, mientras me sacudía la polla y pensaba en dejar de beber. Escuché el ruido del motor, y vi a Jessy huir con la furgoneta.

Derrumbado, no paraba de cuestionarme si tan mal había hecho las cosas. Si sólo era yo feliz en este viaje y, sobre todo, si ahora seguiría viendo algo bello a la vida...











sábado, 15 de noviembre de 2014

Hoy


             Cinco de la mañana.

...





Y, tras escribir 3 historias de más de 200 líneas y borrarlas, me he limitado a soltar 200 lágrimas.
Pensé que lo que me quedaba era escribir. Hoy ni eso.











jueves, 13 de noviembre de 2014

Adeline


               Después de todas esas preguntas me di cuenta del ridículo que estaba haciendo. Pero bueno, este fenómeno ya no era novedad en nuestra vida.
Como no era novedad encontrarme en el Hoyo, o en el Linn, o en la Tabernita; malgastando billetes en alcohol. Devorando tapas. Mirando a los borrachos de la barra o al grupo de chicas que chuchichean sobre tus lágrimas mientras te retiran la mirada sonrrojadas.

Era curioso. Entrabas en el bar de siempre, en el que te conocen y te sirven con una sonrisa que gotea saliva, porque saben que eres un buen cliente. De esos que, si pudiesen, se beberían hasta el agua de los inodoros, si estos llevasen una gota de alcohol. Y bueno, al fin y al cabo, la llevan. Apuesto mi cabeza a que mi orina pondría borracho a un jóven de 13 años. Pero ese es otro tema.
Era curioso, volver a ver a esta chica. Adeline se llamaba -si no recuerdo mal-, que se siente en frente de ti y compartir con ella dos tercios con sus respectivas tapas. Charlar durante una hora y, pasada ésta, darte cuenta que estás volviendo a decir las mismas subnormalidades que le decías hace 3 meses.
Y sí, es justo en ese momento cuando da igual lo que hayas bebido, si tienes fiebre, náuseas, o una erección descomunal. Todo se detiene.
Se detiene y notas como la vergüenza se apodera de ti. Que no has evolucionado y que lo único que deseas es irte a dejarte los nudillos contra el primer bastardo que se te cruce.

Adeline, te sonríe. Termina su trago. Y, mientras se dispone a huir, te susurra: "Ya te lo advertí, odio verte así."







Dedicado a Adeline.


lunes, 10 de noviembre de 2014

nº5, piso 5º letra E.

          



               Estuve días enviando cartas al bloque nº5, piso 5º letra E.

               En el fondo, era laborioso acostarme cada noche con las manos llenas de tinta. Más era el intentar conciliar el sueño. O convivir con esa mirada nublada, perdida. Con esos ojos rojos. Con esas respuestas ahogadas o con este hígado castigado.
Estuve días acordándome de su color de pelo. De sus curvas. De su postre favorito. De sus horarios. Sus "te quiero" y sus orgasmos.
Fueron tantos los días, como las lágrimas que me caían encima de los folios. O como la cantidad de euros que me he dejado en cervezas. Pero ya daba igual.

Por suerte, conseguía huir de esos pensamientos cada vez que pisaba la calle y me dedicaba a leer, o a escuchar, o a beber...
Estuve por la calle Ourense, Orense, perdonad. Tomándome unas jarras heladas de cerveza y, mientras televisaban un Real Sociedad - Atlético de Madrid (o un Euskalherria - España, como dicen algunos compañeros de tragos de la taberna), yo me arrancaba las uñas. Hasta que sangrasen. Necesitaba sentirme vivo. Como ahora, escribiendo. O como cuando te escribía esas cartas.





No eran gran cosa. Tanto la receptora como yo, el emisor, sabíamos que a la tercera ella estaría cansada de éstas.
Pero qué le vamos a hacer. Cada uno es como es. Y yo soy ese, el idiota.
El que podría estar escribiendo cartas a otras direcciones, pero no puede. El que podría estar ahora en tu cama. El que podría ser de esa clase de hijos de puta que ni respetan ni conocen lo que es querer a una persona.
Pero no. Soy el borracho, comunista y, muy de vez en cuando, un fotógrafo amateur.





Y, lo triste de esta historia. No soy yo. Ni las cartas. Ni el alcohol.
Lo triste de esta historia es que la dirección del domicilio estaba equivocada.








sábado, 4 de octubre de 2014

... ... ... ....................



            El timbre estaba a dos centímetros de mi dedo.
Aquel botón marcaría un antes y un después. Una sonrisa o una lágrima. Un "para siempre" o un "hasta nunca". Una infidelidad o un amor eterno...
Lo único que sé es que mi corazón iba a mil. Que no sabía si tres cervezas serían suficientes para matar mis nervios. Y, sobre todo, si volvería a sonreir después de todo.

Ahora bebo. Mis nudillos sangran. Tengo hambre y lo único que deseaba era pasear por la calle Gaztambide mientras peleábamos por un buen plato de comida.
Me leí tus libros. Tus anécdotas. Analicé tus fotos. Hablé con tu gente. Pensé en ti. Y, joder, hoy escribo para vos.

Me suenan las tripas. Mi polla se erecta y yo sólo quiero tomarme una cerveza a tu lado mientras nos reímos del mundo. Comerte la boca y comer techo mientras discutimos de política.

Pero no siempre sonrío. No como techo, saboreo el suelo por vergüenza. Y, si levanto la mirada, es para asesinar con ésta o apretar la madíbula como si mordiese mis cadenas.
Me siento pequeño cuando todo el mundo quiere ser grande. Ya no dibujo. No escribo. No canto.
Ya no hago nada...
Más que querer y sufrir.





Dedicado a:
Carlos, Gonzalo, Julia, Siena y Victor.









sábado, 6 de septiembre de 2014

Ruina, miseria, terapia, alcohol, cariño, sonrisas y lágrimas.


Bip, Bip, Bip.*

Suena la alarma.
Y no, él no se iba a trabajar. Rompía su sueño.
Un sueño que, sí, hablaba de ella. Pero lo quebraba por esa misma persona.
Lo partía en dos. Porque, al fin y al cabo, él vivía un sueño con esa chica. Adoraba despertarse como si tuviese resaca -aunque normalmente la tuviese- y sentir un abrazo cálido y fuerte en mitad de la madrugada. Aunque se desvaneciese entre la noche.
Luchaba duras borracheras, para no matar su sueño. Para poder aguantar y, como cualquiera alcohólico, mostrar sus rasgos más nostálgicos y cariñosos.

Bip, Bip, Bip.*

Es hora de trabajar.




 
 
Dedicación especial a:
mis sueños y, sobre todo, a Carmen.




martes, 29 de julio de 2014

Julian, el idiota



                     Mientras Julian se terminaba su Antares viendo el mundial de fútbol, rechazaba un bistec poco hecho de vacuno argentino.
"No tengo hambre" decía. Nada, pura mentira, no podía comer.

Delia, una chica preciosa a los ojos de Julian, terminaba su mate en la esquina del bar, mientras comía poco a poco su alfajor.

Entre tangos argentinos. Un abuelo tomando sus típicas pastillas. Una Quilmes que sabía a orina. Y un artista recitando a Borges. Julian apuró su trago y se acercó a Delia,

Delia, fría y distante, sorbió de su mate y lo dejó en la mesa.
Julian, nervioso y sin creerse lo que estaba haciendo, se sentó a su lado y, sin dudarlo, se acercó a su oreja y le susurró:

"Voy borracho. Pero tú no me puedes negar que mañana daremos un paseo por 'La República de los Niños', la 'Catedral de la Plata' y me besarás en el 'Paseo del Bosque'"

Delia, resistiendo sin apenas logro su sonrisa, le miró. Se levantó de su asiento y le dijo:

"No me gustan los desconocidos. Y menos aún los que llevan tatuados nombres de barrios y llevan pendientes. Pero, vos tenés pinta de ser un sol. Me lo pensaré."

Julian se levantó. Pidió otra Antares y se fue con el botellín a su casa.
Escribió un poco. Dibujó. Leyó algo de Benedetti y se permitió el lujo de tomar Milanesa con Papas Fritas.
Estaba feliz. Era feliz. Y, a día de hoy, lo sigue siendo.
Por eso ya no escribe. Por eso canta. Por eso ya sólo piensa en ella y en su gente, su pequeña familia.

Esa sonrisa. Ese pelo rubio. Esos ojos azules. Esas piernas. Ese todo que, hacen que Julian no esté durmiendo, que esté escribiendo la historia de Delia. Y sí, es que el amor te hace ser un idiota.
Pero joder, tanto a Julian como a mi, nos gusta ser unos idiotas.




Buen viaje,
te quiero D.






martes, 20 de mayo de 2014

La Renovación.


                        Richard tuvo que renovar su pasaporte para hacer esos viajes. No eran viajes largos ni duros, a veces daban pereza, sí, pero no por eso dejaba de hacerlos.

No sólo tuvo que renovar su pasaporte. Ese miedo -que nunca existió pero apareció de repente- lo eliminó para volver a vivir esos viajes en los que pasaban mil situaciones, aunque aparentemente no pasase nada.
Cada trayecto podía significar dos cosas. O el mejor de sus días, o un infierno. Desde que actualizó el pasaporte, todo fue a mejor. Quizá le gustó revivir esos paseos.





Richard, quien desconectaba de todo en cada aventura. Quien quería ir para renovar esa sonrisa. Quien viajaba porque no podía vivir sin esos viajes... Quien luchó contra sus miedos para volver a subirse a ese crucero.


Richard, quien espera su turno para montarse a ese autobús. Para que le devuelva esos miedos. Le borre esa alegría. Le traslade a su mundo... Le devuelva al infierno.



Dedicado a ese destino que nos ha hecho tan felices.
Buen viaje Richard.
 
 
 
 
 
 

jueves, 1 de mayo de 2014

El después y el ahora.



























Julio.

               Después de años sin sentir la costa, Randy decidió huir de aquí para tener sus días de gloria y egoismo.
Ahí estaba, con arena de playa entre los dedos de los pies. Con el sonido de las gaviotas invitándole a la siesta más placentera. Con la cerveza más fría en el día más cálido. Con el mar. Con las olas. Con los peces. Sin ti.

              Después de años sin leer un buen libro, Randy decidió escribir sin repasar siquiera algún texto de aquellos que le fascinaban.
Y ahí estaba, con las teclas estropeadas. Su música nostálgica. Escribiendo frase tras frase entre bostezo y bostezo. Escribiendo una historia. Nuestra historia.

              Después de años sin discutir, Randy volvió a sentir esta sensación tan amarga y desesperante.
Ahí está, con los nudillos destrozados. Con la pared temblando. Con su madre llorando. Él: borracho. Y tú: agusto. Nosotros/as acabado/as.

              Después de todo esto, Randy volvería a pisar la playa, a leer, a discutir... y a amarte.




Randy, Randy, Randy,...


La Fosa del Cariño
2014


miércoles, 30 de abril de 2014

La casera y los ladrones.

Martes.
Inundado martes en el que Evens recibió los golpes más duros que hasta entonces había encajado. El muy cabrón, teniendo que madrugar al día siguiente para cumplir con su labor, sólo deseaba darse un baño caliente como los que Amie -su compañera de piso- se daba cada noche.
Un día gris e intenso. Pese al buen día, el deporte, haber cumplido laboralmente, etc.
Un día gris e intenso que acabó rojo y en estado de climax.


En mitad de la noche, un golpe seco y duro hizo temblar aquel apartamento. Como era evidente y por miedo a que fuese un robo -sí, había muchos por la zona ultimamente- la casera se despertó angustiada y algo asustada con la situación.
Habitación por habitación fue abriéndolas con cautela, pero armada con un grito potente que no pasaría desapercibido en una noche tan solitaria como esta.
Fue entonces cuando llegó a la habitación de Evens. Él estaba de espaldas y a oscuras. La pared, que siempre estaba adornada con fotografías, se encontraba descompuesta. Fotos por la cama, algunas a medio colgar y otras levemente desplazadas.
Era extraño, pero la casera lo primero que hizo fue fijarse en la pared, quizás por el miedo que tuvo siempre a Evens y a su tensa mirada. Y, entre todas estas fotos a blanco y negro, pudo ver una con manchas rojas.
Fue entonces cuando miró a Evens. Estaba complétamente en silencio, y sólo movía el brazo. En otro contexto podríamos llegar a pensar que simplemente se estaba masturbando. Pero no. Hoy no era ese día.
Cuidadosamente la casera cerró la puerta y se retiró junto al ruido de sus pisadas.


("Ojalá pudiese darme un baño como los de Amie")


Historia dedicada a: 
La inocencia, la ternura y
el odio.


 La Fosa del Cariño
2014
  





jueves, 24 de abril de 2014

El tiempo, el cariño y el odio.



                      Chase nunca conoció bien sus gustos. La verdad, nunca llegó a conocerse bien a si mismo. Por mucho que delante de la gente presumiera de unas u otras aventuras, él sabía que sin ese brebaje mágico no era más que uno cualquiera. Tan sólo era una silueta, marcada a trazo por un rotulador en la acera, que se borraba con las pisadas y la lluvia de Abril.
No olvidaba su historia. Ni a quienes han formado parte de ésta. Pero, pese a haber conseguido acabar con ciertas adicciones como el alcohol, besar con los ojos abiertos o no aceptar la caricia de una madre. Lo que nunca olvidó, fue como darle las buenas noches a esa chica que, al fin y al cabo, fue la única que supo decirle que le quería.



Especial dedicación a:
Javier Oybin y Laura Lozano,
por volver a dar vida a este armario de historias caducas.



24-04-14

La Fosa del Cariño