Mientras Julian se terminaba su Antares viendo el mundial de fútbol, rechazaba un bistec poco hecho de vacuno argentino.
"No tengo hambre" decía. Nada, pura mentira, no podía comer.
Delia, una chica preciosa a los ojos de Julian, terminaba su mate en la esquina del bar, mientras comía poco a poco su alfajor.
Entre tangos argentinos. Un abuelo tomando sus típicas pastillas. Una Quilmes que sabía a orina. Y un artista recitando a Borges. Julian apuró su trago y se acercó a Delia,
Delia, fría y distante, sorbió de su mate y lo dejó en la mesa.
Julian, nervioso y sin creerse lo que estaba haciendo, se sentó a su lado y, sin dudarlo, se acercó a su oreja y le susurró:
"Voy borracho. Pero tú no me puedes negar que mañana daremos un paseo por 'La República de los Niños', la 'Catedral de la Plata' y me besarás en el 'Paseo del Bosque'"
Delia, resistiendo sin apenas logro su sonrisa, le miró. Se levantó de su asiento y le dijo:
"No me gustan los desconocidos. Y menos aún los que llevan tatuados nombres de barrios y llevan pendientes. Pero, vos tenés pinta de ser un sol. Me lo pensaré."
Julian se levantó. Pidió otra Antares y se fue con el botellín a su casa.
Escribió un poco. Dibujó. Leyó algo de Benedetti y se permitió el lujo de tomar Milanesa con Papas Fritas.
Estaba feliz. Era feliz. Y, a día de hoy, lo sigue siendo.
Por eso ya no escribe. Por eso canta. Por eso ya sólo piensa en ella y en su gente, su pequeña familia.
Esa sonrisa. Ese pelo rubio. Esos ojos azules. Esas piernas. Ese todo que, hacen que Julian no esté durmiendo, que esté escribiendo la historia de Delia. Y sí, es que el amor te hace ser un idiota.
Pero joder, tanto a Julian como a mi, nos gusta ser unos idiotas.
Buen viaje,
te quiero D.
