La Fosa del Cariño

La Fosa del Cariño

jueves, 20 de noviembre de 2014

Jessopo.



         Mi nombre es Jessopo. Nací en Livorno entre cartones, nieve y sangre, mucha sangre.
Me crié entre ratas de la ciudad. Los nadie. Chicos y chicas de la calle que matarían a tu madre por orgullo. Que fumaban y bebían como los adultos. Y rajaban las ruedas del coche al bastardo que les mirase a los ojos más de dos segundos.
Teníamos las manos curtidas. Y no de trabajar exactamente. Cada dos semanas nos permitíamos el lujo de comer caliente. Y, aunque nuestro primer juguete fuese una 7 muelles, nada nos borró nunca la sonrisa.

Ese era yo, Jessopo. Alto, fibrado y con una mirada que transmitía oro -me decía mi abuela-. Hoy sigo siendo Jessopo. Y físicamente sigo igual, con unos kilos más por culpa de vicios como el alcohol. Alguna cicatriz nueva. Sumándole 20 años a los 6 años de los que os hablaba anteriormente. Pero eso no me quitó nunca el encanto.

Como os decía, mi infancia fue peculiar. Eramos chicos rudos. Nos reíamos del mundo. Robábamos, blasfemábamos y metíamos mano a las señoritas que paseaban por la calle.
No había nada ni nadie que pudiese con nosotros.
O eso creía yo.







20 de Abril de 1992. Hacía un frío descomunal para la época. Yo y los chicos nos colamos en una fiesta de graduación.
Había mucho alcohol. Gente con dinero, es decir, víctimas fáciles. Y un montón de chicas con las que poder acabar la noche en la puerta trasera de un bar.
Mis amigos comenzaron la faena. Se desperdigaron por la sala. Yo me serví una copa y me limité a ver el panorama. Engominados, trajes caros, bailes ridículos y falsas sonrisas que no engañaban a nadie.
Hasta que entonces vi a esa chica. Llevaba un vestido precioso, igual que el color de sus ojos. Piernas largas, curvas increibles, cabello dorado como el champagne,... lo tenía todo.
Leopoldo se me acercó, me agarró por el cuello y me susurró que tenían a cinco tíos amordazados en el baño y les estaban orinando sus chaquetas de Brioni. Yo le pedí un segundo.

Me acerque a ella. No le hizo mucha gracia mi acitud tan extrovertida.
Yo siempre fui muy torpe para estas cosas, solía ser muy directo y eso siempre echaba para atrás a las chicas que no eran golfas. En la calle siempre me funcionaba esta técnica.
Para colmo, me acerqué con dos copas. Ella me la rechazó y, con un par de cojones, me las tomé de un trago ambas. Algo que no mejoró la situación. Aunque aún así logré hablar con ella.

Tras media hora de conversación. De simular mi supuesta cultura. De decirle lo que 1000 tíos le habrán dicho ya esa misma noche. Conseguí robarle un beso.
Fue distinto. No necesité emborracharla. Ni asustarla con actitudes violentas. Meterla mano o amenazarla. Ella era pura ternura.

Me fui de la fiesta ignorando a Leopoldo y los chicos. En mi cabeza no estaban esos trajes de Brioni, el alcohol o huir de Livorno.
En mi cabeza estaba ella y las mil posibilidades que podría tener de volver a verla. A cambio, perdí esa rudeza y esa sonrisa que nada ni nadie me quitó en toda mi vida.

Este soy yo, Jessopo. Otra persona.








Dedicado a Javier Salarich
*La Fosa del Cariño condena cualquier actitud machista  
y que fomente la violencia contra la mujer.

martes, 18 de noviembre de 2014

Buen viaje Jessy.




                           Aún recuerdo a Jessy cual flor, reina del jardín, que brota en medio del prado. Yo, visto con esta filosofía, podría decir que era el Sol o el agua. Le daba aquello que necesitaba para vivir y continuar igual reina. Es decir, le daba esa sonrisa.
Nos limitábamos a dar vueltas en mi vieja Volkswagen. Fumando porros -yo no fumo, pero con todo lo que consumía ella era como si me comiese una cajetilla entera-. Bebiendo cervezas -ahí, sí, yo era el culpable-. Y follando cada vez que salía la Luna. O el Sol. O cada vez que le miraba esa cara y me moría de ganas por saborear su coño. En fin, lo pasábamos bien.
El dinero no era un problema. Siempre nos apañábamos para gastar lo justo. Quizá lo prioritario era seguir unidos y, como en cualquier relación, hablar de dinero siempre tensa la cuerda. Por lo que nos dedicábamos a ceder de vez en cuando uno u otro sin tener que decir nada.

Todo muy equitativo hasta entonces.

Antes de llegar al punto dramático, me gustaría comentaros que yo, Vitto, no toleraba a las personas desagradecidas. Una vez, invité a un hombre a un trago y, tras ver su respuesta, ambos acabamos fuera del bar con la entrada prohibida el resto de nuestros días. Pero sí, esa es otra historia que algún día os contaré.

Volviendo a Jessy.
El tiempo pasaba, nuestros viajes eran cada vez más largos, agradables y, por lo menos para mi, daban esas fuerzas para levantarse un día más.
Yo continuaba haciendo lo mismo que el primer día. Regaba la planta, le hablaba de cualquier cosa, le preguntaba qué necesitaba, besaba sus pétalos y peleaba por que, cuando seamos ancianos, esas arrugas fuesen de no parar de sonreír.
Pero Jessy se marchitaba por momentos. No físicamente, ella seguía radiante. Pero esa risa que me volvía loco desaparecía de vez en cuando. Sin motivo alguno. Se fumaba sus porros. Compartíamos nuestras cervezas y, si la situación lo requería o la gasolina escaseaba, follábamos.








Los viajes comenzaron a hacerse algo duros. El calor, la falta de sueño y el no parar de sacrificarme porque Jessy fuese feliz comenzaron a darme náuseas. No entraba en mi cabeza ese cambio. O, si me lo permitís, esa elección.
Porque, desde mi punto de vista, la vida es una actitud. Y sí, mi vida era una mierda, pero con ella no era así. Con ella cualquier excusa era buena para verle un lado bello a todo.
Entonces, un día, sin venir a cuento. Bajé para echar un orín y, mientras me sacudía la polla y pensaba en dejar de beber. Escuché el ruido del motor, y vi a Jessy huir con la furgoneta.

Derrumbado, no paraba de cuestionarme si tan mal había hecho las cosas. Si sólo era yo feliz en este viaje y, sobre todo, si ahora seguiría viendo algo bello a la vida...











sábado, 15 de noviembre de 2014

Hoy


             Cinco de la mañana.

...





Y, tras escribir 3 historias de más de 200 líneas y borrarlas, me he limitado a soltar 200 lágrimas.
Pensé que lo que me quedaba era escribir. Hoy ni eso.











jueves, 13 de noviembre de 2014

Adeline


               Después de todas esas preguntas me di cuenta del ridículo que estaba haciendo. Pero bueno, este fenómeno ya no era novedad en nuestra vida.
Como no era novedad encontrarme en el Hoyo, o en el Linn, o en la Tabernita; malgastando billetes en alcohol. Devorando tapas. Mirando a los borrachos de la barra o al grupo de chicas que chuchichean sobre tus lágrimas mientras te retiran la mirada sonrrojadas.

Era curioso. Entrabas en el bar de siempre, en el que te conocen y te sirven con una sonrisa que gotea saliva, porque saben que eres un buen cliente. De esos que, si pudiesen, se beberían hasta el agua de los inodoros, si estos llevasen una gota de alcohol. Y bueno, al fin y al cabo, la llevan. Apuesto mi cabeza a que mi orina pondría borracho a un jóven de 13 años. Pero ese es otro tema.
Era curioso, volver a ver a esta chica. Adeline se llamaba -si no recuerdo mal-, que se siente en frente de ti y compartir con ella dos tercios con sus respectivas tapas. Charlar durante una hora y, pasada ésta, darte cuenta que estás volviendo a decir las mismas subnormalidades que le decías hace 3 meses.
Y sí, es justo en ese momento cuando da igual lo que hayas bebido, si tienes fiebre, náuseas, o una erección descomunal. Todo se detiene.
Se detiene y notas como la vergüenza se apodera de ti. Que no has evolucionado y que lo único que deseas es irte a dejarte los nudillos contra el primer bastardo que se te cruce.

Adeline, te sonríe. Termina su trago. Y, mientras se dispone a huir, te susurra: "Ya te lo advertí, odio verte así."







Dedicado a Adeline.


lunes, 10 de noviembre de 2014

nº5, piso 5º letra E.

          



               Estuve días enviando cartas al bloque nº5, piso 5º letra E.

               En el fondo, era laborioso acostarme cada noche con las manos llenas de tinta. Más era el intentar conciliar el sueño. O convivir con esa mirada nublada, perdida. Con esos ojos rojos. Con esas respuestas ahogadas o con este hígado castigado.
Estuve días acordándome de su color de pelo. De sus curvas. De su postre favorito. De sus horarios. Sus "te quiero" y sus orgasmos.
Fueron tantos los días, como las lágrimas que me caían encima de los folios. O como la cantidad de euros que me he dejado en cervezas. Pero ya daba igual.

Por suerte, conseguía huir de esos pensamientos cada vez que pisaba la calle y me dedicaba a leer, o a escuchar, o a beber...
Estuve por la calle Ourense, Orense, perdonad. Tomándome unas jarras heladas de cerveza y, mientras televisaban un Real Sociedad - Atlético de Madrid (o un Euskalherria - España, como dicen algunos compañeros de tragos de la taberna), yo me arrancaba las uñas. Hasta que sangrasen. Necesitaba sentirme vivo. Como ahora, escribiendo. O como cuando te escribía esas cartas.





No eran gran cosa. Tanto la receptora como yo, el emisor, sabíamos que a la tercera ella estaría cansada de éstas.
Pero qué le vamos a hacer. Cada uno es como es. Y yo soy ese, el idiota.
El que podría estar escribiendo cartas a otras direcciones, pero no puede. El que podría estar ahora en tu cama. El que podría ser de esa clase de hijos de puta que ni respetan ni conocen lo que es querer a una persona.
Pero no. Soy el borracho, comunista y, muy de vez en cuando, un fotógrafo amateur.





Y, lo triste de esta historia. No soy yo. Ni las cartas. Ni el alcohol.
Lo triste de esta historia es que la dirección del domicilio estaba equivocada.