Estuve días enviando cartas al bloque nº5, piso 5º letra E.
En el fondo, era laborioso acostarme cada noche con las manos llenas de tinta. Más era el intentar conciliar el sueño. O convivir con esa mirada nublada, perdida. Con esos ojos rojos. Con esas respuestas ahogadas o con este hígado castigado.
Estuve días acordándome de su color de pelo. De sus curvas. De su postre favorito. De sus horarios. Sus "te quiero" y sus orgasmos.
Fueron tantos los días, como las lágrimas que me caían encima de los folios. O como la cantidad de euros que me he dejado en cervezas. Pero ya daba igual.
Por suerte, conseguía huir de esos pensamientos cada vez que pisaba la calle y me dedicaba a leer, o a escuchar, o a beber...
Estuve por la calle Ourense, Orense, perdonad. Tomándome unas jarras heladas de cerveza y, mientras televisaban un Real Sociedad - Atlético de Madrid (o un Euskalherria - España, como dicen algunos compañeros de tragos de la taberna), yo me arrancaba las uñas. Hasta que sangrasen. Necesitaba sentirme vivo. Como ahora, escribiendo. O como cuando te escribía esas cartas.
No eran gran cosa. Tanto la receptora como yo, el emisor, sabíamos que a la tercera ella estaría cansada de éstas.
Pero qué le vamos a hacer. Cada uno es como es. Y yo soy ese, el idiota.
El que podría estar escribiendo cartas a otras direcciones, pero no puede. El que podría estar ahora en tu cama. El que podría ser de esa clase de hijos de puta que ni respetan ni conocen lo que es querer a una persona.
Pero no. Soy el borracho, comunista y, muy de vez en cuando, un fotógrafo amateur.
Y, lo triste de esta historia. No soy yo. Ni las cartas. Ni el alcohol.
Lo triste de esta historia es que la dirección del domicilio estaba equivocada.
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