Nos limitábamos a dar vueltas en mi vieja Volkswagen. Fumando porros -yo no fumo, pero con todo lo que consumía ella era como si me comiese una cajetilla entera-. Bebiendo cervezas -ahí, sí, yo era el culpable-. Y follando cada vez que salía la Luna. O el Sol. O cada vez que le miraba esa cara y me moría de ganas por saborear su coño. En fin, lo pasábamos bien.
El dinero no era un problema. Siempre nos apañábamos para gastar lo justo. Quizá lo prioritario era seguir unidos y, como en cualquier relación, hablar de dinero siempre tensa la cuerda. Por lo que nos dedicábamos a ceder de vez en cuando uno u otro sin tener que decir nada.
Todo muy equitativo hasta entonces.
Antes de llegar al punto dramático, me gustaría comentaros que yo, Vitto, no toleraba a las personas desagradecidas. Una vez, invité a un hombre a un trago y, tras ver su respuesta, ambos acabamos fuera del bar con la entrada prohibida el resto de nuestros días. Pero sí, esa es otra historia que algún día os contaré.
Volviendo a Jessy.
El tiempo pasaba, nuestros viajes eran cada vez más largos, agradables y, por lo menos para mi, daban esas fuerzas para levantarse un día más.
Yo continuaba haciendo lo mismo que el primer día. Regaba la planta, le hablaba de cualquier cosa, le preguntaba qué necesitaba, besaba sus pétalos y peleaba por que, cuando seamos ancianos, esas arrugas fuesen de no parar de sonreír.
Pero Jessy se marchitaba por momentos. No físicamente, ella seguía radiante. Pero esa risa que me volvía loco desaparecía de vez en cuando. Sin motivo alguno. Se fumaba sus porros. Compartíamos nuestras cervezas y, si la situación lo requería o la gasolina escaseaba, follábamos.
Los viajes comenzaron a hacerse algo duros. El calor, la falta de sueño y el no parar de sacrificarme porque Jessy fuese feliz comenzaron a darme náuseas. No entraba en mi cabeza ese cambio. O, si me lo permitís, esa elección.
Porque, desde mi punto de vista, la vida es una actitud. Y sí, mi vida era una mierda, pero con ella no era así. Con ella cualquier excusa era buena para verle un lado bello a todo.
Entonces, un día, sin venir a cuento. Bajé para echar un orín y, mientras me sacudía la polla y pensaba en dejar de beber. Escuché el ruido del motor, y vi a Jessy huir con la furgoneta.
Derrumbado, no paraba de cuestionarme si tan mal había hecho las cosas. Si sólo era yo feliz en este viaje y, sobre todo, si ahora seguiría viendo algo bello a la vida...
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