Mi nombre es Jessopo. Nací en Livorno entre cartones, nieve y sangre, mucha sangre.
Me crié entre ratas de la ciudad. Los nadie. Chicos y chicas de la calle que matarían a tu madre por orgullo. Que fumaban y bebían como los adultos. Y rajaban las ruedas del coche al bastardo que les mirase a los ojos más de dos segundos.
Teníamos las manos curtidas. Y no de trabajar exactamente. Cada dos semanas nos permitíamos el lujo de comer caliente. Y, aunque nuestro primer juguete fuese una 7 muelles, nada nos borró nunca la sonrisa.
Ese era yo, Jessopo. Alto, fibrado y con una mirada que transmitía oro -me decía mi abuela-. Hoy sigo siendo Jessopo. Y físicamente sigo igual, con unos kilos más por culpa de vicios como el alcohol. Alguna cicatriz nueva. Sumándole 20 años a los 6 años de los que os hablaba anteriormente. Pero eso no me quitó nunca el encanto.
Como os decía, mi infancia fue peculiar. Eramos chicos rudos. Nos reíamos del mundo. Robábamos, blasfemábamos y metíamos mano a las señoritas que paseaban por la calle.
No había nada ni nadie que pudiese con nosotros.
O eso creía yo.
20 de Abril de 1992. Hacía un frío descomunal para la época. Yo y los chicos nos colamos en una fiesta de graduación.
Había mucho alcohol. Gente con dinero, es decir, víctimas fáciles. Y un montón de chicas con las que poder acabar la noche en la puerta trasera de un bar.
Mis amigos comenzaron la faena. Se desperdigaron por la sala. Yo me serví una copa y me limité a ver el panorama. Engominados, trajes caros, bailes ridículos y falsas sonrisas que no engañaban a nadie.
Hasta que entonces vi a esa chica. Llevaba un vestido precioso, igual que el color de sus ojos. Piernas largas, curvas increibles, cabello dorado como el champagne,... lo tenía todo.
Leopoldo se me acercó, me agarró por el cuello y me susurró que tenían a cinco tíos amordazados en el baño y les estaban orinando sus chaquetas de Brioni. Yo le pedí un segundo.
Me acerque a ella. No le hizo mucha gracia mi acitud tan extrovertida.
Yo siempre fui muy torpe para estas cosas, solía ser muy directo y eso siempre echaba para atrás a las chicas que no eran golfas. En la calle siempre me funcionaba esta técnica.
Para colmo, me acerqué con dos copas. Ella me la rechazó y, con un par de cojones, me las tomé de un trago ambas. Algo que no mejoró la situación. Aunque aún así logré hablar con ella.
Tras media hora de conversación. De simular mi supuesta cultura. De decirle lo que 1000 tíos le habrán dicho ya esa misma noche. Conseguí robarle un beso.
Fue distinto. No necesité emborracharla. Ni asustarla con actitudes violentas. Meterla mano o amenazarla. Ella era pura ternura.
Me fui de la fiesta ignorando a Leopoldo y los chicos. En mi cabeza no estaban esos trajes de Brioni, el alcohol o huir de Livorno.
En mi cabeza estaba ella y las mil posibilidades que podría tener de volver a verla. A cambio, perdí esa rudeza y esa sonrisa que nada ni nadie me quitó en toda mi vida.
Este soy yo, Jessopo. Otra persona.
Dedicado a Javier Salarich
*La Fosa del Cariño condena cualquier actitud machista
*La Fosa del Cariño condena cualquier actitud machista
y que fomente la violencia contra la mujer.
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