Joder iba borracho, no me lo terminaba de creer. Es normal que ni tú ni yo lo entendiésemos. Ambos sabíamos que iba a acabar así.
Tú me habías fallado, "cus", yo solo sufría entre mi mierda y entre todas las putas que me habían rodeado.
Estaba borracho y solo me acordaba de ti. De nuestras peleas y de tus estúpidos enfados.
Solo deseaba seguir bebiendo. Tiré una cerveza casi entera con la esperanza de una llamada tuya. Visto lo visto casi prefería que me llamase otra, u otra, u otra,...
Yo sabía que no era lo mismo. Que yo voy borracho, pienso y pienso y pienso y pienso y, ¡Que coño! ojalá tuviese un puto revolver para destrozarme la cara y que ni tú, ni la otra, ni el otro, ni la otra aún más lejana me reconocieseis.
Gracias a Dios, voy lo suficientemente borracho como para preferir acostarme a, como un idiota, seguir escribiendo y meter aún más la pata.
Buenas noches.
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La Fosa del Cariño.©
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La Fosa del Cariño
sábado, 30 de abril de 2011
viernes, 29 de abril de 2011
Querida Primavera.
Llevaba mucho tiempo sin escribir. Quizás fue la falta de tiempo. No. ¿A quién quiero engañar? Supongo que si pude ir a Londres he tenido tiempo para llenarme de inspiración sobre una infinidad de temas.
Debía de confundirme entonces.
La primavera me estaba haciendo daño. Aunque, en tiempos fríos, en invierno, mataba por tenerla entre nosotros. Pero no era consciente de lo caprichosa, maniática y cínica que podía llegar a ser en algunos momentos.
Le gustaba pasear sin desasosiego, lucir sus preocupaciones tatuadas una a una en su cuerpo delicado de mujer. Eso me mataba.
Me quitaba las fuerzas poco a poco. El invierno, quieras que no, es directo y seco. Hace las cosas claras y no da tiempo a debatírselas si quiera. La primavera era diferente. Era ella. Luz y sombra; alegría y tristeza; llanto y devoción; amor y odio.
Me conoce desde hace un tiempo. Cree saber cuando estoy mal o bien. Miento. Sabe cuando estoy bien o mal. Y, desgraciadamente, es una ventaja para la dulce señorita de piel de seda.
Era consciente de los males que me acechaban día si día también. Motivos graves o leves eran verdugos de mi felicidad la cual, día tras día, se iba matando poco a poco.
Madrid estaba lleno de luces. Era de noche y la primavera se había portado bien, podíamos ir en chaqueta fina. Daba gusto, beber a las tres de la madrugada sin pasar frío.
Sabía que me hacía daño y cuando veía la más mínima ocasión, atacaba sin piedad. Me gustaba que lo hiciera de una forma indirecta. Parecía un juego. Yo sabía que por muy disimulada que fuese, era intencionadamente y, ella, sabía que yo lo sabía.
Día si día también.
Ahora está en su mejor momento, florece y se siente más fuerte que nunca y no tiene miedo a nada. Pero el tiempo pasa y, si no es consciente de ello, tarde o temprano se acabará suicidando.
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La Fosa del Cariño.©
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sábado, 23 de abril de 2011
miércoles, 6 de abril de 2011
Mi historia con Carol.
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Adoraba mis visitas al psicólogo. Su comienzo era frío e inquietante. Previsibles y doloras. Tensas y agradables.
Adoraba mis visitas al psicólogo. Se estructuraban como un texto argumentativo. Como una discusión en la que uno/a salía favorecido/a. Como una paja bien hecha.
Mi nombre es Enrico. Yo vivía en Livorno, Italia. Una ciudad humilde y obrera, vivía cerca de la Vía Grande, donde me gustaba detenerme varios minutos, a disfrutar de mi ciudad ¡de mi querida ciudad!, cada noche en las que estaba borracho.
Siempre quise ir al psicólogo embriagado del mejor whisky. Y reírme con ella, Carol.
Ella era extranjera ¡Adoraba las extranjeras!. Las Españolas me volvían loco. Tenían esa piel suave bañada en dulce miel que hacían lubricar cada expresión que escupía su cuerpo.
Carol era distinta. Era inteligente y sabía absolutamente todo de mi. Mis caprichos, mis posturas preferidas en el sexo, mi afición a éste, mi alcoholismo, mi odio familiar, etc. Aunque siempre se preguntaba por qué llegaba tan pronto a la consulta.
Era Martes. Solía ir los Martes, había gente y eso lo hacía aún más entretenido. Mujeres jóvenes y maduras; hombres y ancianos. Éstos últimos luchaban por evitar mirar lo que esconde la falda de las colegialas de diez años para, después, luchar contra las malas miradas de la sala de espera en general.
Recuerdo como me miraban. Las mujeres sentían como miedo, no conocían mis inquietudes, solo sabían que sufría hiperactividad y que, siempre, ojeaba todas las revistas de Psychologies.
Los hombres me miraban de una manera violenta. Simplemente pensaban que era un loco más y punto.
Pero ambos grupos creían que ojeaba esas revistas para hacerme el interesante y fingir que sabía leer.
Para disgusto suyo y alegría mía, no era así.
Realmente llegaba una hora antes para ojear dichas revistas. Las mujeres, los hombres y todo lo que componían esa minúscula sala me importaban una mierda.
Era adicto al apartado sobre el sexo que contenía cada revista. Me los leía enteros y varias veces incluso.
Trataban temas como el susurrar, las caricias, la seguridad en si mismo,... cosas... que jamás me fueron útiles. Pero ¡coño! era entretenido imaginarse todo aquello.
-Enrico, puede pasar - Dijo Carol
-¿Cómo estas Carol? - Respondí.
...
[Tras una larga conversación llena de temas necesarios de tratar]
...
-Oye Carol, ¿por qué vengo aquí?... es decir... no se... creía que había algún motivo... ¿qué opinas? me entiendes ¿no?
-M... Pues verás
-¡No! ¡Espera! Joder, yo vengo aquí te hablo de unas y otras, te hablo de mi familia y de mis amigos/as pero ¿y tú? joder... no se... me siento mal haciendo todo esto. Creo que no tiene sentido que venga aquí...
-Bien, Enrico, es ahora cuando debes marcharte. Ha sido todo un placer conocerte.
Salí de la habitación con un vacío dentro que sabía que solo se llenaría con unos litros de cerveza. Así que fui al bar. Me emborraché y hasta pasados dos meses no volví a pensar en el psicólogo ni en la gente que había ahí.
Realmente, lo que acabé echando de menos, fueron aquellas revistas insignificantes que me evadían del mundo más que cualquier confesionario.
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Jorge. La Fosa del Cariño.©
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Adoraba mis visitas al psicólogo. Su comienzo era frío e inquietante. Previsibles y doloras. Tensas y agradables.
Adoraba mis visitas al psicólogo. Se estructuraban como un texto argumentativo. Como una discusión en la que uno/a salía favorecido/a. Como una paja bien hecha.
Mi nombre es Enrico. Yo vivía en Livorno, Italia. Una ciudad humilde y obrera, vivía cerca de la Vía Grande, donde me gustaba detenerme varios minutos, a disfrutar de mi ciudad ¡de mi querida ciudad!, cada noche en las que estaba borracho.
Siempre quise ir al psicólogo embriagado del mejor whisky. Y reírme con ella, Carol.
Ella era extranjera ¡Adoraba las extranjeras!. Las Españolas me volvían loco. Tenían esa piel suave bañada en dulce miel que hacían lubricar cada expresión que escupía su cuerpo.
Carol era distinta. Era inteligente y sabía absolutamente todo de mi. Mis caprichos, mis posturas preferidas en el sexo, mi afición a éste, mi alcoholismo, mi odio familiar, etc. Aunque siempre se preguntaba por qué llegaba tan pronto a la consulta.
Era Martes. Solía ir los Martes, había gente y eso lo hacía aún más entretenido. Mujeres jóvenes y maduras; hombres y ancianos. Éstos últimos luchaban por evitar mirar lo que esconde la falda de las colegialas de diez años para, después, luchar contra las malas miradas de la sala de espera en general.
Recuerdo como me miraban. Las mujeres sentían como miedo, no conocían mis inquietudes, solo sabían que sufría hiperactividad y que, siempre, ojeaba todas las revistas de Psychologies.
Los hombres me miraban de una manera violenta. Simplemente pensaban que era un loco más y punto.
Pero ambos grupos creían que ojeaba esas revistas para hacerme el interesante y fingir que sabía leer.
Para disgusto suyo y alegría mía, no era así.
Realmente llegaba una hora antes para ojear dichas revistas. Las mujeres, los hombres y todo lo que componían esa minúscula sala me importaban una mierda.
Era adicto al apartado sobre el sexo que contenía cada revista. Me los leía enteros y varias veces incluso.
Trataban temas como el susurrar, las caricias, la seguridad en si mismo,... cosas... que jamás me fueron útiles. Pero ¡coño! era entretenido imaginarse todo aquello.
-Enrico, puede pasar - Dijo Carol
-¿Cómo estas Carol? - Respondí.
...
[Tras una larga conversación llena de temas necesarios de tratar]
...
-Oye Carol, ¿por qué vengo aquí?... es decir... no se... creía que había algún motivo... ¿qué opinas? me entiendes ¿no?
-M... Pues verás
-¡No! ¡Espera! Joder, yo vengo aquí te hablo de unas y otras, te hablo de mi familia y de mis amigos/as pero ¿y tú? joder... no se... me siento mal haciendo todo esto. Creo que no tiene sentido que venga aquí...
-Bien, Enrico, es ahora cuando debes marcharte. Ha sido todo un placer conocerte.
Salí de la habitación con un vacío dentro que sabía que solo se llenaría con unos litros de cerveza. Así que fui al bar. Me emborraché y hasta pasados dos meses no volví a pensar en el psicólogo ni en la gente que había ahí.
Realmente, lo que acabé echando de menos, fueron aquellas revistas insignificantes que me evadían del mundo más que cualquier confesionario.
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Jorge. La Fosa del Cariño.©
domingo, 3 de abril de 2011
Se sigue contando aunque sea Domingo.
No termino de entenderlo. Me está matando esta confusión, el espejo refleja mis ojeras y mi insomnio es mi verdugo.
sábado, 2 de abril de 2011
Recién masturbado y con dos cervezas en su interior.
Recién masturbado y con dos cervezas en su interior, Brad, decidió bajarse al bar a tomarse una más.
Le gustaba ir, y observar a la gente que vagabundeaba por aquellos lares alejados de la mano de Dios. Aquel día el bar estaba bastante lleno, entre ellos estaba Connor -un viejo amigo de la infancia-, había un grupo de personas con apariencia atlética pero con rostros de falsa felicidad, también, había un grupo de personas totalmente ajenas al mundo del drama, aparentaban tener dinero y no dejaban de reír a carcajadas, lo cual le hizo sentir realmente incómodo.
Pidió la cerveza y, cuando fue a dar el primer trago, aquel ruido similar a las risas, aquellos hombres discutiendo por sus músculos y Connor casi vomitando en la barra, le hicieron salir de aquel antro.
No tenía donde ir, se acercó a una cabina de teléfono y realizó tres llamadas exactas. Dos no contestaron y la otra persona estaba liada.
Cabizbajo se dirigió al Motel y, sin cenar ni mirar la hora, se acostó.
Concilió el sueño facilmente. Soñó con el fútbol, adoraba el fútbol. Soñó con más y más cerveza, adoraba la cerveza. Soñó con una mujer y fue un sueño muy extraño, tan extraño que acababan follando en el capó de un Picasso. Pero lo más extraño no era eso.
Lo más extraño es que a ella no la adoraba.
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Fotografía de Dimitri.
Texto de Jorge.
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