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Adoraba mis visitas al psicólogo. Su comienzo era frío e inquietante. Previsibles y doloras. Tensas y agradables.
Adoraba mis visitas al psicólogo. Se estructuraban como un texto argumentativo. Como una discusión en la que uno/a salía favorecido/a. Como una paja bien hecha.
Mi nombre es Enrico. Yo vivía en Livorno, Italia. Una ciudad humilde y obrera, vivía cerca de la Vía Grande, donde me gustaba detenerme varios minutos, a disfrutar de mi ciudad ¡de mi querida ciudad!, cada noche en las que estaba borracho.
Siempre quise ir al psicólogo embriagado del mejor whisky. Y reírme con ella, Carol.
Ella era extranjera ¡Adoraba las extranjeras!. Las Españolas me volvían loco. Tenían esa piel suave bañada en dulce miel que hacían lubricar cada expresión que escupía su cuerpo.
Carol era distinta. Era inteligente y sabía absolutamente todo de mi. Mis caprichos, mis posturas preferidas en el sexo, mi afición a éste, mi alcoholismo, mi odio familiar, etc. Aunque siempre se preguntaba por qué llegaba tan pronto a la consulta.
Era Martes. Solía ir los Martes, había gente y eso lo hacía aún más entretenido. Mujeres jóvenes y maduras; hombres y ancianos. Éstos últimos luchaban por evitar mirar lo que esconde la falda de las colegialas de diez años para, después, luchar contra las malas miradas de la sala de espera en general.
Recuerdo como me miraban. Las mujeres sentían como miedo, no conocían mis inquietudes, solo sabían que sufría hiperactividad y que, siempre, ojeaba todas las revistas de Psychologies.
Los hombres me miraban de una manera violenta. Simplemente pensaban que era un loco más y punto.
Pero ambos grupos creían que ojeaba esas revistas para hacerme el interesante y fingir que sabía leer.
Para disgusto suyo y alegría mía, no era así.
Realmente llegaba una hora antes para ojear dichas revistas. Las mujeres, los hombres y todo lo que componían esa minúscula sala me importaban una mierda.
Era adicto al apartado sobre el sexo que contenía cada revista. Me los leía enteros y varias veces incluso.
Trataban temas como el susurrar, las caricias, la seguridad en si mismo,... cosas... que jamás me fueron útiles. Pero ¡coño! era entretenido imaginarse todo aquello.
-Enrico, puede pasar - Dijo Carol
-¿Cómo estas Carol? - Respondí.
...
[Tras una larga conversación llena de temas necesarios de tratar]
...
-Oye Carol, ¿por qué vengo aquí?... es decir... no se... creía que había algún motivo... ¿qué opinas? me entiendes ¿no?
-M... Pues verás
-¡No! ¡Espera! Joder, yo vengo aquí te hablo de unas y otras, te hablo de mi familia y de mis amigos/as pero ¿y tú? joder... no se... me siento mal haciendo todo esto. Creo que no tiene sentido que venga aquí...
-Bien, Enrico, es ahora cuando debes marcharte. Ha sido todo un placer conocerte.
Salí de la habitación con un vacío dentro que sabía que solo se llenaría con unos litros de cerveza. Así que fui al bar. Me emborraché y hasta pasados dos meses no volví a pensar en el psicólogo ni en la gente que había ahí.
Realmente, lo que acabé echando de menos, fueron aquellas revistas insignificantes que me evadían del mundo más que cualquier confesionario.
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Jorge. La Fosa del Cariño.©
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