Después de todas esas preguntas me di cuenta del ridículo que estaba haciendo. Pero bueno, este fenómeno ya no era novedad en nuestra vida.
Como no era novedad encontrarme en el Hoyo, o en el Linn, o en la Tabernita; malgastando billetes en alcohol. Devorando tapas. Mirando a los borrachos de la barra o al grupo de chicas que chuchichean sobre tus lágrimas mientras te retiran la mirada sonrrojadas.
Era curioso. Entrabas en el bar de siempre, en el que te conocen y te sirven con una sonrisa que gotea saliva, porque saben que eres un buen cliente. De esos que, si pudiesen, se beberían hasta el agua de los inodoros, si estos llevasen una gota de alcohol. Y bueno, al fin y al cabo, la llevan. Apuesto mi cabeza a que mi orina pondría borracho a un jóven de 13 años. Pero ese es otro tema.
Era curioso, volver a ver a esta chica. Adeline se llamaba -si no recuerdo mal-, que se siente en frente de ti y compartir con ella dos tercios con sus respectivas tapas. Charlar durante una hora y, pasada ésta, darte cuenta que estás volviendo a decir las mismas subnormalidades que le decías hace 3 meses.
Y sí, es justo en ese momento cuando da igual lo que hayas bebido, si tienes fiebre, náuseas, o una erección descomunal. Todo se detiene.
Se detiene y notas como la vergüenza se apodera de ti. Que no has evolucionado y que lo único que deseas es irte a dejarte los nudillos contra el primer bastardo que se te cruce.
Adeline, te sonríe. Termina su trago. Y, mientras se dispone a huir, te susurra: "Ya te lo advertí, odio verte así."
Dedicado a Adeline.
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