La Fosa del Cariño

La Fosa del Cariño

viernes, 12 de diciembre de 2014

Asylum: Jota y Gabriel.

       







          12 de Diciembre.

               Bueno, la fecha era lo de menos. Nos guste o no, una vez que vives en el infierno, dan igual las horas o los días. Sólo buscas la forma de conseguir escapar de esa rutina.
No recuerdo cuando me ingresaron. Ni tampoco el porqué. Debía de ser por el 93 y, antes de que me mataran psicológicamente, sólo recuerdo ver sangre. He de suponer que ahí comenzó todo.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces. Mi nombre es Gabriel y aquí en Asylum, me conocen como Jota. Supongo que en un manicomio es complicado pensar en la ortografía cuando uno está más entretenido en evitar cruzar mirada con Rita, que no te viole Daniel o en conseguir follarse a alguna de las enfermeras. Entre otras muchas cosas.
¿Por qué estaba ahí? Bueno, cada médico tiene su teoría. Lo único que puedo deciros es lo que yo vivo.
Hace meses que no consigo pegar ojo. Y todo es culpa del hijo de puta de mi compañero de celda. Perdón, quiero decir, habitación.
Os explico.












Generalmente, aquí no se come mal. Como lo justo y necesario como para distraerme durante esa hora y tener mis minutos de paz.
Pero todo se nubla cuando llega el silencio. Normalmente, a los médicos no les interesa tenernos despiertos. Cuanto más durmamos mejor, menos molestias. Menos gritos. Menos sangre.
Cuando llega el silencio me veo solo. En la cama. Escuchando a mi compañero respirar.
No es una respiración cualquiera. Es húmeda. Llena de suspiros. Cálida cuando te toca, fría cuando se camufla con el ambiente. Y, entre suspiro y suspiro, le escucho hablarme.
No me deja dormir. Me hace soñar despierto. Pero no como cuando terminas de comer un coño. Es una pesadilla.
Me dan taquicardias. Me recreo mi historia, la historia que él quiere que sufra.
Apago luces. Bajo persianas. Encierro mi cabeza entre edredón y almohadas. Y, entonces, después de todo el barullo...  le escucho de nuevo, detrás mio, la intensidad va aumentando según se dramatiza el "sueño".
Miro el reloj con miedo a verle a él. No han pasado ni cinco minutos. El tiempo se hace eterno. Pero para qué iba a querer que pasasen las horas si, en cuanto llegase la próxima sesión de sueño, volvería a aparecer.

El sudor me hiela. Subo las persianas. Y, temblando, me dirijo a la ducha. A despertarme. A rezar porque el sueño no llame a mi puerta o porque la falta de éste me acabe por matar.




Hoy lo has vuelto a conseguir, bastardo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario