Si después de ingerir tantas cervezas seguía siendo tan humano como antes, es que Dios estaba experimentando con mi cuerpo.
Recuerdo ver servicios con olor a vómito, diarrea y miserias, y a esa pareja que, viva, follaba sobre este retrete bañado en orina y moho. No era el alcohol, ni los químicos si quiera. Quizás era aquello que llamaban amor.
Yo, mientras pensaba en ella, pisaba otra lata más de cerveza. Insultaba a aquellos que considero amigos por una frustración causada injustamente y, éstos, lo soportaban.
Mientras tiraba fotografías a esa niña, mi mente estaba paseando de la mano con otra. Hoy, con la mandíbula jodida, los nudillos despellejados, la poya dura y con llamadas de chicas que no quieres ni ver, me leía un panfleto sobre la lucha popular en la India.
Parece mentira que, pudiendo estar emborrachandome con otras,... sigas estando vigente en mi cabeza loca.
Ni en aquel servicio sacado del infierno supe olvidarme de ti.
Especial dedicación a:
Los torpedos de Barajas, Vallekas, Hortaleza, Aluche y Arganzuela.
Sobre todo a ella. Y a mi, por ser como soy.
A la bonita resaca que, pese a todo, no me ha visitado en estos días.

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