Era tan peculiar como la vida misma.
Aquella mañana yo estaba emborrachándome. Dios. Eran incomodísimas las miradas de la gente del metro. ¿Cómo era posible que un chaval, borracho, estuviese leyendo poesía? se preguntaban.
Yo corría de un lado a otro, con ganas de leer y leer, con ganas de volar y soñar, con ganas de ella.
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La vida era puta. Muy puta. Pero ¿quién era yo para quejarme? Después de lo de Japón. Después de lo del motaje del 11-S, después de las GM,... ¿Quién soy yo para quejarme? Mi única queja era que faltaba alcohol en mi copa y si la vida era puta pues que la jodiesen bien ¡NO ME JODAS!
Jorge.
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