Me encontraba cenando en aquella mesa. No podía concentrarme en disfrutar de los alimentos por su culpa.
No podía ni mirarla, me hervía la sangre. El tick de la mano duraba y cada minuto empeoraba. Pensé en ir a ver a Carmen, mi psicóloga, pero quizás solo empeoraría las cosas.
Caminaba disfrutando del asfalto, de las olas de la carretera, de las líneas blancas, del ruido, de mi propio vacío y del calor abrasador; de mi cerveza, del bien estar de consolar a alguien, de mi esquizofrenia causada por aquella señorita y de lo que me esperaba al llegar a casa.
El silencio era dueño de mi. Estaba solo y me sentía más solo aún... solo deseaba estar con ella, disfrutar de su sonrisa, de la melodía de sus carcajadas y de su curiosa locura que se apoderaba de mi cerebro. Solo deseaba estar con ella, saber como era su vida, como se sentía, como hacía el amor y como se lo hacían.
Adoro este silencio que se apodera de mi.
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