La Fosa del Cariño

La Fosa del Cariño

martes, 29 de marzo de 2011

Volar en Lunes.

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Todo estaba mal en Liverpool. Así que, sin comentárselo a nadie, decidí tomarme unas pequeñas vacaciones. Por llamarlo de alguna manera.
¿A dónde ir? ¿Dónde dormir?, etc. Eran preguntas que no me importaban lo más mínimo.

Era un día soleado, de camino al Aeropuerto, las ramas de los árboles florecían y, sonriéndome, me transmitían buenas vibraciones.

Sabía que me dejaba cosas atrás, como aquel compañero de piso que solo me daba desgracias y al que he querido asesinar en alguna ocasión; o aquella puta que, aún estando enamorada de otro hombre, me lanzaba pullitas intentando fingir su gran felicidad y lo poco que yo le hacía falta. "Oh, Jordan, como me alegro que no sigamos juntos" o "No debí luchar por algo inútil como nuestro amor"; pero lo que más me dolía era mi madre. Pobre mujer, siempre dejándose los huesos por mi y la familia.
Solía pasar a verme cada día, me traía un bocadillo y, a escondidas, me dejaba un par de centavos junto a mis llaves de casa.

De camino al aeropuerto comencé a notar algo en mi interior, una sensación de añoranza quizás. Comencé a marearme y decidí sentarme en un banco, saqué la cerveza caliente que llevába en mi mochila y me la bebí casi de un trago. Estaba ardiendo, el gas no se hacía notar y aquellos árboles primaverales se marchitaron al segundo.
Todo pintaba mal en Liverpool, pero era consciente de que también estaría mal en Londres y sus suburbios, en las calles de Oxford, en las Ramblas de Barcelona, en el Barrio rojo de Amsterdam,...
El mareo no cesaba y comencé a notar en mis tripas una guerra interna, mi yo interior me propuso un debate y yo acepté el desafío, aún sabiendo que no era tiempo para ello, acepté.

Pasado el tiempo me fui encontrando peor. me terminé la botella. Una mujer pasó y se preocupó por mi. No era una belleza, pero el meró hecho de que se preocupase por mí le dió un aspecto aún más agradable.

- ¿Está bien señor?
- Déjeme en paz.
- No.

Comencé a temblar de frio, fiebre. Era una fiebre durísima, la primavera y todos sus encantos se entumecieron ante mis vómitos y la sangre de éstos. Todo tenía un tono rosado. Como el vino. Noté vibraciones cercanas, cada vez más altas, más fuertes. Era la señora se estaba acercando.

Sin pensarlo y, debido a la fiebre, comencé a acariciarle los piés. La señora se asustó y grito, yo no podía ni oirlo. Así que continué. Ella se puso de cunclillas para incorporarme, yo subí con mis manos -ella se dejaba, era consciente de mi estado de falta de coherencia-. Comencé a tocar sus pechos y noté que la fiebre me bajaba, le acaricié la cara y conseguí fijarme en sus ojos. Ojos verde esmeralda, brillantes como el cuarzo, de mirada intensa.
Me paralicé, conseguí enfocar la mirada más allá de su cara. Todo volvía a florecer. Todo tenía sentido. Me levanté y limpié los restos de sangre y vómito de mi boca.
Los dos nos quedamos mirándonos, quietos, ante un mundo paralizado. Me presenté y le pregunté su nombre.

Gracias Primavera.


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